Un espacio donde los niños exploran, crean y crecen: ¡Descubrí Aprendijuego!
En nuestro taller, los niños encuentran un lugar donde pueden expresar sus intereses y opiniones. A través del juego, el arte, la música, la tecnología y las salidas culturales, fomentamos su creatividad, expresión y conexión con el mundo que los rodea.
-Promueve el uso del lenguaje -Facilita la expresión y comunicación -Es un espacio de socialización
¿Qué ofrecemos?
Un espacio seguro y divertido donde los niños eligen qué hacer: desde juegos de mesa y actividades artísticas hasta explorar instrumentos musicales, libros y herramientas tecnológicas.
Salidas culturales para descubrir curiosidades de la ciudad y aprender de manera lúdica.
Actividades que promueven la expresión oral, escrita, corporal y artística, complementando su educación escolar.
¿Qué nos hace únicos?
Más de 15 años de experiencia trabajando con niños y jóvenes.
Un ambiente de diálogo y respeto que fomenta el desarrollo de la personalidad, la comprensión del mundo y el vínculo con los demás.
En resumen
En nuestro taller, cada niño es único. Nos adaptamos a sus intereses y ritmos, fomentando su creatividad y expresión en un ambiente de respeto y diálogo. Hay tareas grupales, pero no significa que todos deben hacer lo mismo, de la misma manera y al mismo tiempo. Nosotros nos esforzamos por comprender la singularidad de cada niño y lo acompañamos.
Características
Horarios flexibles: incluidos horarios después de la escuela
Opciones de una, dos o más veces por semana
Instancias de participación para padres y familias
Horarios
-Lunes de 17:00 a 18:30
–Martes de 19:00 a 20:30
–Miércoles de 17:00 a 18:30
–Jueves de 19:00 a 20:30
Valor:
-Una vez a la semana: $45.000
-Dos veces por semana $80.000
-Consultá más veces a la semana
Dirección
Chacabuco, 25 de mayo 178
Equipo de trabajo
–David Chiecchio (Profesor en Historia / ISP Joaquín V. González) – Tallerista – Exdirector de Programa Envión para niños y adolescentes (2011-2015)
–Anahí Trompino (excoordinadora de equipos técnicos y pedagógicos)
En “El lugar donde mueren los pájaros” (publicado en noviembre del 2017 bajo la editorial Fiordo) Tomás Downey, perteneciente a la nueva narrativa argentina, nos presenta esta antología, de 122 páginas, de cuentos que van desde temas tan cotidianos como un abuelo demandante que accidentalmente muestra su debilidad, a una visita al zoológico mostrando la crueldad que sufren los animales a manos de las personas, o la vida en constante bucle de la viuda de un soldado de guerra. Conocemos también a una madre que, con tal de terminar su trabajo, es capaz de dejar a un bebé encerrado en el balcón, o la historia de tres preadolescentes haciendo un ritual para salvarse de su padre.
La obra está organizada por temas, pero de una manera peculiar: son diez relatos y cada uno posee una contraparte. El primer relato nos presenta a tres hermanas preadolescentes haciendo un ritual para deshacerse de su padre y el último relato vuelve a tocar el tema de tres hermanas y un hecho paranormal. En “El primer sábado de cada mes” y “Un ramo de cardos” los ejes son hombres de mediana edad y la trama tiene su desarrollo en un ambiente cotidiano. En “Zoológico” y en “Los täkis” el eje es, al diferencia del resto de cuentos, una criatura en lugar de personas, en el primero nos muestra su sufrimiento mientras que en el último nos enseñan a estos extraterrestres “embobando” a los humanos. En “Los hombres van a la guerra” y “La piel sensible” la trama gira entorno al duelo de dos jóvenes chicas por sus parejas fallecidas. Por último, tenemos en “Variables” y “Cementerio de palmera” cuentos sobre mujeres y sus obsesiones, la primera con las planillas, y la segunda con la muerte de un niño en una telenovela. A pesar de que cada historia tiene una especie de “hermana”, ninguna se siente igual a la otra, todas tienen su propia esencia, algo que las diferencia del resto.
El autor nos sumerge en historias que parecen cotidianas, como en el cuento que da nombre al libro, para al final dejarnos helados. Como dijo Mariana Enríquez: “Un narrador sólido, con un control notable pero capaz de momentos de intensa locura”.
En esta antología Downey nos deslumbra con unos relatos intrigantes y atrapantes y cada un wa único en su forma, el autor sabe llevar un buen ritmo durante toda la obra sin aburrir. Aunque, se debe de decir, no todos son igual de buenos, por ejemplo “El primer sábado de cada mes” y “Un ramo de cardos” al ser cuentos que ocurren en un ambiente más cotidiano, se vuelven menos interesantes que el resto y no parecen tener un clímax, el punto máximo de tensión, como si ocurre con el relato que le da nombre al libro: “El lugar donde mueren los pájaros”.
Este último, es de destacar entre todos los relatos, aquí vemos a dos hermanas que se han ido de vacaciones a la costa con sus padres y su hermanita bebé recién nacida, quien está constantemente llorando. En esa ciudad las niñas no tienen mucho para hacer, pero un día encuentran un lugar donde aparecen siempre pájaros muertos. Deciden que van a ir todos los días a enterrar a todas las aves. Al principio el lector cree que va hacer como la historia anterior “El ramo de cardos”, una historia cotidiana de hermanas que hacen algo raro para no aburrirse, pero luego todo toma un giro y Downey nos sumerge en un momento de tensión y miedo que incluso nos impide dar vuelta esa última página para conocer el desenlace.
Aunque el autor sabe tenernos al borde del miedo, también conoce cómo ponernos vulnerables con toques fantásticos, por ejemplo con “Los hombres van a la guerra” y “La piel sensible”. En ambos vemos a dos jóvenes lidiando con la muerte de sus novios. Mientras que en la primera nuestra protagonista vive en una contante rutina de tomar té mientras lee y siempre es interrumpida por dos militares anunciando la muerte heroica de su pareja y otorgándole una daga como recuerdo de este. En el segundo tenemos a una joven que es perseguida por la presencia de su novio fallecido de cáncer, tan presencial, sin decir nada y hacer nada, está impidiéndole tener una vida, continuar sin él.
Downey nos deleita con estos diez relatos y en ningún momento pierden el ritmo o se vuelven aburridos. Con su mezcla de lo cotidiano, lo fantástico y el terror con toques de ciencia ficción crea una obra realmente disfrutable y nos deja con ganas de leer más de él.
Por Florencia Olaechea Estudiante del profesorado de inglés.
El mundo de Mariana Enríquez también es el nuestro. ¿Por qué? En su obra Las cosas que perdimos en el fuego podemos adentrarnos en varias sensaciones que la autora nos presenta, con su eje en el terror.
Más allá del gusto literario, sea terror o no, este mundo termina siendo el nuestro. Mariana Enríquez dijo una vez que su literatura es realista, y que en cada escritura busca escaparse un poco de la realidad con un poco de fantasia. La autora encontró una fantasía especialmente terrorífica, con elementos paranormales, crímenes inexplicables, y un suspenso muy intenso para lograr este cometido en sus obras. Ese toque, desde ya, no es solo un poco de terror, sino algo muy intenso que hace que antes de llegar al final de cada uno de los once cuentos vayan a tener que tomarse un momento para respirar profundo y luego sí llegar al desenlace. Pero ¿por qué el mundo de Mariana es también el que vivimos nosotrxs? Si bien las historias de los cuentos se ambientan en Argentina, no deja ser una realidad universal ya que toca temas de la vida urbana cotidiana como la condición humana y fragilidad que muchas veces tiene nuestra vida. La violencia, el dolor y la frustración de la vida misma, crea en los personajes un poder oscuro; que hasta a veces se torna inalcanzable.
Con solo leer algunas páginas logramos encontrar algún recuerdo tenebroso en nuestra memoria. Alguna imagen que logre repasar cada sensación y pueda llegar a dejarnos atrapadxs en ese momento vivido. De página en página crea imágenes que será muy difícil sacar de la cabeza. Sin embargo, la intención de la autora no es lograr esto, sino llevarnos a lugares ocultos donde el terror se esconde. Lugares de nuestro mundo que resaltan entre los suburbios, rincones terroríficos que descubren la psicología de nuestra mente, personalidades extrañas, asesinos inalcanzables, silencios insoportables, y violencias muy poderosas.
Esta unión de realismo y terror logra ser un trabajo exitoso, atravesando diversos ambientes como casas abandonadas, «brujería negra», cultos, pueblos fantasmas, secuestros. Entre estas historias, lo interesante se agiganta en el otro toque de la autora que es intervenir la violencia de género. Y esto sí es intención de la autora, lograr un encuentro con la realidad.
Es una doble recomendación para lxs lectorxs residentes de Argentina ya que cada ambiente de los cuentos son de nuestro espacio argentino urbano y rural. Cada historia de terror choca con nuestras vivencias y logra… ¿angustia? La respuesta está en tu experiencia con Las cosas que perdimos en el fuego. Lo vivido en estas lecturas logra en muchxs lectorxs colocar a Mariana Enriquez entre las mejores autoras de la literatura argentina de los últimos tiempos.
Cita:
"De pronto, vi un redondel de luz en la pared: era la linterna. Dije: 《salgamos, salgamos》. Pablo, sin embargo, caminó en dirección opuesta a la salida, siguió entrando en la casa. Lo seguí. Quería irme, pero no sola…"
“El fútbol es una mera puerta de entrada hacia otras cosas. Las otras cosas, las esenciales, que habitan en el alma de las personas y que son interpeladas por la literatura y por el arte”. Eduardo Sacheri
El fútbol… un deporte tan amado por multitudes, que despierta pasiones que una persona habituada a él podría denominar como impensadas o inimaginables. Un deporte que en primer lugar trascendió las fronteras del verde césped hacia las tribunas, para luego expandirse no sólo por los medios de comunicación, sino que también pasó a ser una musa inspiradora para los escritores.
Es que… cómo no convertirse en objeto de inspiración, si todos los “futboleros” podrían, casi con seguridad, asociar un momento de sus vidas con el fútbol, una anécdota, un amor… “El fútbol es casi de novela”, enuncia una frase alguna vez escuchada en un relato de Alejandro Apo, y que claramente podemos asociar con éste cuento de Eduardo Sacheri, publicado en el año 2000, y que se titula “Esperándolo a Tito” y forma parte del libro casi homónimo “Esperándolo a Tito… y otros cuentos de fútbol”.
Éste cuento fue publicado luego de realizarse una recopilación de relatos escritos con anterioridad por el autor, quién comenzó a escribir a mediados de los años 90s, y supo plasmar en papel los sentimientos que un “futbolero” tiene en el interior de su ser.
Esperándolo a Tito es un cuento que nos transporta a las raíces del fútbol argentino: “el potrero”, pero en este cuento no vamos a ser parte de cualquier potrero. Seremos parte de una rivalidad barrial forjada acérrimamente hace décadas.
El fútbol en los barrios es cosa seria, y en el barrio en el cual se desarrolla este cuento esto no es excepción. Décadas de derrotas ante el clásico rival, conllevan a un grupo de amigos a llamar a su salvador para que los ayude a salir de ese abismo de derrotas que pareciera no tener fin. “Tito”, el salvador, es el típico chico que destacaba por sobre todos los compañeros del barrio, y logró triunfar en el fútbol, pero ahora se encuentra ante lo que podríamos describir como el mayor de sus retos, salvar el honor del equipo y de sus amigos de la infancia.
Dentro del cuento además nos encontraremos con las vivencias de personas comunes y corrientes, que tuvieron la suerte de coincidir dentro de una cancha con un futbolista que luego triunfó en el deporte. Las desventuras y el contexto del barrio nos pondrán casi en la piel de alguno de los protagonistas, dado que es una historia que nos podría haber pasado a cualquiera de los que alguna vez tocamos una pelota N°5.
Para resumir ésta breve reseña, lo invito a leer éste clásico cuento que todo “futbolero” debería conocer. Déjese atrapar por una historia emocionante que pone en valor los vínculos humanos, y que nos mostrará las pasiones que el fútbol despierta. Un “crack” que vuelve a sus raíces para poner fin a una racha de derrotas que comenzó cuando dejó su club barrial para triunfar por el mundo. No esperemos más a Tito, vamos a buscarlo y a leerlo.
FICHA DE LIBRO
Libro: Esperándolo a Tito… y otros cuentos de fútbol Cuento: “Esperándolo a Tito” Año: 2000 Autor: Eduardo Sacheri Editorial: Alfaguara Cantidad de páginas del cuento: 22 páginas
Vaya a saber uno cuáles son las conexiones entre la escritura como arte y los periplos personales de algunos escritores. Como decía por allí Miguel Briante eso… que si son necesarios los reformatorios para que hayan buenos escritores. Está claro que era más una crítica a la academia, a las normas, que una constatación general dicha por el escritor Juan Rulfo, que perdió de niño a sus padres.
Yo no he podido sacarme esa idea de la cabeza al leer los cuentos Zuhair Jury reunidos en el libro El Romance del Aniceto y otros cuentos que publica Editorial Mil Botellas. Junto a su hermano Leonardo Favio (director de cine y cantautor) corrieron esa suerte misma que Rulfo. En los cuentos reunidos, la mayoría incorporados desde la edición original de 1969, no sobran palabras, y en cambio en ellas la belleza de una vida salvaje y sorpresiva brota en todos lados, palabras que hacen única la noche negra y la soledad de los niños sin madres.
En el libro pueden encontrarse los cuentos “El Romance del Aniceto y la Francisca” y “El dependiente”, que dieron el título y argumento a las películas dirigidas por su hermano. El primero se resume en una dialéctica ambivalente entre el amor, la pobreza y un gallo de riña, motivo que sirve al escritor (y al director también) para sostener una metáfora de la sociedad que se resuelve en la última escena, cuando Aniceto comprende su error y decide enmendarlo. Algo similar con “El Dependiente”, cuento que llama la atención por la capacidad del autor para mantener en vilo al lector a través de una trama que aparentando ser zonza también se revela como una gran lectura acerca de las relaciones que entablamos con las personas, nuestros deseos y el mundo. En esta la lectura política es obvia, lo que no quiere decir que sea la única.
El libro ha tenido numerosas ediciones y reediciones. En este caso, además de las correcciones que se realizaron de acuerdo con el autor se incorporó un cuento, “La Mariscala” que se supone autobiográfico. Este cuento donde es protagonista una mujer es el encargado de cerrar el libro. Pero el otro que protagoniza una mujer, “La Boliviana”, es el que lo abre. No es casual, claro, cuando se vea el rol que las mujeres cumplen en estas tramas.
La boliviana es una mujer que ejerce la prostitución en un pueblo pequeño donde el turco tiene un bar. En el bar la boliviana llega todos los 8 de cada mes a atender allí. Con este argumento Jury teje la trama de la impotencia, muestra cómo el deseo y el deber ser, a lo mejor, se enfrentan irremediablemente. En este cuento he encontrado un pasaje bellísimo donde seguramente haya también un rasgo autobiográfico del autor:
“Mi hermano duerme. Su mano niña cuelga al costado con los dedos entreabiertos como sosteniendo aún una pitada que hace rato se la fuma el sueño. El pucho humea lento, ceniciento. Mi hermano duerme. Mañana la boliviana, de gaucha, le dará unos pesos y tendrá para un par de atados, para el invite en la Gruta Azul a dos o tres pendejos a cambio del asombro, o quizá comprará un regalo, un muñequito de treinta centavos con el que viajará hasta la angustia de nuestra madre. Mi hermano duerme asomado a su sueño; vuelve a robarle todo el cuerpo a las cobijas y se va desnudito y corriendo a la hendija, a seguirse mirando; a veces no se encuentra y se queda expectante, inmóvil, confundido. A veces lo que ve, le causa tal asombro y estupor que se lleva una mano a la mejilla y queda con la boca entreabierta y los ojos fríos. Ve muchas cosas, y entre ellas, la mano oscurita de la tía Berta alcanzándole un bizcocho tibio y dulcísimo, y entonces sin poder más se mete por la hendija y se le abraza a las faldas hundiendo su cabecita en el vientre que se agita en una risita feliz. Mañana esperará, jugando con un palito en el agua de la acequia, que doble la esquina de la vereda alta, el cuerpo gordito, menudo, y vestido de rojo de la boliviana. Mi hermano está despierto, tiene su rostro vuelto hacia mí; la penumbra de la luz de la luna da en los pies del elástico con patas que es su cama, y alcanzo a ver su rostro blanquecino, oval y niño, que mira brillándole los ojos grandes y oscuros. No tenemos nada que decirnos”.
Ese despliegue de sencillez, de una prosa que fluye como río, sin ese pedregoso ripio que a veces imponen las convenciones, se repite en “La Mariscala”, una historia sin igual: la mujer es la dueña del lupanar que tiene una vida atravesada por el amor desdichado hacia otra mujer.
La figura de la Mariscala expone cómo la mujer ha dominado determinados ambientes y especialidades, una declaración más que hace al compromiso del autor: “Desde su gran sillón de mimbre domina el caserío de ruines y cartoneros del Callejón de las Rosas, hasta los lindes del basural humeante del Mapocho. A su puerta llegan a dirimir conflictos mujeres golpeadas, hombres tajeados. Los domingos se la llevan casi en andas a hacer de juez de peleas de gallos de riña en un sangriento reñidero de las afueras. Yo voy con ella”.
Como sea, en “La Mariscala” también aparece, con una cuota de humor, el drama del amor en toda su plenitud, que es el desencuentro, y también está tocado por el entorno social que por medio del observar formatea. Pero a diferencia de la boliviana, que va hacia el pueblo, la mariscala parece haber creado en su lupanar su propia cultura.
En ambos cuentos la relación entre el centro y la periferia, la mirada sobre los excluidos, su juzgamiento moral están presentes, pero el conflicto alcanza el clímax en el final del primer cuento, que viene a resumir esa actitud bochornosa de quien no se anima al placer ni a la crítica y permanece duro como un adoquín, siendo apenas un juntador de guita o un espectador de la vida por miedo a lo que dirán:
“El cantor del boliche se ha callado. Ahora la calle es un crespón, un luto. Detrás de las ventanas y las puertas, los vecinos tienen los ojos enrojecidos, y las orejas entumecidas de una espera expectante de comadres impúdicas y morbosas. El silencio se agranda, se agiganta, duele, Toda la noche está pendiente del gran momento, toda la noche late la espera hasta que al fin se recortan en la esquina gris de la vereda alta, las siluetas dramáticas de la boliviana y mi hermano. Sí es ella, llegó. Hay un clic en todas las ventanas, un leve chirrido detrás de cada puerta. Caminan hacia acá con un fulgor de pucho en cada boca, vienen riendo a carcajadas; ella trae en una mano una toallita envuelta en un papel de diario. Pasan bajo el foco milagriento del boliche y de atrás se asoma un enjambre de cabezas a mirarla. Mi hermano y ella siguen, cruzan el callejón, llegan al umbral, me hago a un lado y se pierden en lo oscuro hacia el lado de la pieza. Algunos de los hombres del boliche van saliendo y pitan nerviosos los cigarros. Detrás de las ventanas y las puertas el pueblo entero asiste solpapado al espectáculo; con su ansiedad atraviesan las sombras de la noche y participan en una orgía fantástica y silenciosa de ademanes lascivos y tenues como el pensamiento. Los hombres y las mujeres del vecindario se le deslizan por sobre la piel; desde sus lugares, seguras, sin culpa, las mujeres, palpitantes de envidia la roban de la pieza, la preguntan, la tocan, la manosean, la cansan. Los hombres desde sus camas hundidos en sus mujeres le siguen recorriendo el cuerpo desnudo y blanco.”
Once cuentos sin forzar las palabras me resulta la oración más apropiada para decir que Lara Schujman escribió un libro en el que sabe cómo no dejar irse al lector.
Cuando pare de llover (AñosLuz; 2019) se alimenta de las historias de ruta, la familia, los amigos y el agua. Este último en forma de lluvia o de mar, como elemento del desastre y la paz forma el hilo conductor de los relatos desde el inicio hacia el final.
Relatar lo cotidiano parece ser buena parte de la literatura actual. Algunos escritores terminan por dar la impresión que sus publicaciones se asemejan más a ejercicios de escritura; y otros logran crear lo que Jakobson llama la literariedad en la obra. Claro está este último concepto inmerso en Cuando pare de llover.
Los once relatos del libro se vuelven una escritura cercana, natural. Y si bien por momentos da sensación que la autora no quiere dejar pasar la ambientación de cada cuento, en ninguna ocasión está de más. Se convierte en un complemento de los sucesos, envolviéndonos entre palabras para fundir la historia en nosotros.
En el primer cuento largo o nouvelle “Più Blu” se entrevé un caso policial sobre la estafa de las papas. Los demás relatos surgen de una pequeña anécdota como pretexto. Desde un viaje con un desconocido a la playa en la historia “Mangas verdes y el cementerio de aguas vivas”, a la excusa de viajar a la casa de sus padres en “Viento sur” para contarles sobre su separación pero todo termina en una ambivalencia.
Natalia Rozenblum escribe en la contratapa “Los cuentos son íntimos, una especie de mar calmo que nos mece, que nos dice que podemos ir a mojarnos los pies y nos hace entrar en confianza hasta que empezamos a sentir que ya no tenemos el control de lo que va a pasar.” Y así es, tan propicias las formas de decir de Schujman, que nos aporta un paso calmo, mientras el narrador vacila en sus historias entre los miedos, el cambio, lo que se elige y lo que modifica para elegir.
Lo particular
En Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos) se dice que una buena trama puede arruinarse por apresurar el final. Hacía tiempo que no encontraba en los finales lo particular y se me hace un recurso muy valioso en este libro. El giro, lo inesperado o lo que podría pasar y nadie lo asemejaba. La autora de Cuando pare de llover logra generar un giro argumental que te deja atónito, en un estado de éxtasis que te envuelve entre las ganas de saltar al próximo cuento y querer saber más sobre el que se acabó. Schujman buscó entre las variables y supo elegir, lo que pronto iba a ser la impronta de su libro.