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El amor por su nombre | Amor y verano en la novela y el cine, por Andrés Russo

El verano juega con los amantes mientras ellos, creen, que están definiendo su futuro. El verano europeo en el que transcurre Llámame por tu nombre de André Aciman no es la excepción, pero posee las características propias del viejo mundo, en particular, la sensación de melancolía altamente estilizada. El éxtasis y la decadencia. Un malestar semejante al que Thomas Mann supo inmortalizar en La muerte en Venecia. Se ha dicho de la novela de Aciman, entre tantas otras cosas, que es una resignificación de la de Mann para nuestro tiempo posmoderno. No es nuestro propósito aquí abrir esclarecer lo profundo, superficial, justo o injusto de esa comparación, pero ustedes pueden leer ambas novelas y sacar sus propias conclusiones. Algo que sí tienen indiscutiblemente en común es que los dos textos han tenido una excelente adaptación cinematográfica (en el caso de la célebre película de Visconti hay quienes opinan que el resultado es superior a la creación original de Mann).

La novela de Aciman, que originalmente se publicó en 2007, fue llevada al cine por Luca Guadagnino en 2017, ofreciendo un resultado que es, cuando menos, embriagante. Embriago de sensualidad, de exquisitez, de rodeos y rituales de cortejo donde lo bello se esparce por doquier, con sus infaltables intrigas. Sueños que parecen que llegan hasta el cielo y más allá. Llámame por tu nombre irradia desde sus páginas la posibilidad de alcanzar un amor de ensueño, que debe medirse con los complejos matices de la realidad. Sexo y amor convergen, no piensen que todo quedará en un abstracto y soporífero idilio, pero la frivolidad que suele acompañar a un roce ocasional aquí es reemplazado por la contundencia de una cicatriz, porque Aciman siempre escribe sobre cómo el tiempo limita nuestras posibilidades de amar o de ser amado. ¿Qué sería del amor sin el tiempo de lo oportuno y, también, del destiempo? Los personajes de Aciman rumian continuamente ese interrogante. Solo anticipamos que el balance entre miradas, evasiones, encuentros e inteligentes líneas linda con lo perfecto, como pocos textos lo han hecho en las últimas décadas.

Guadagnino, que no renuncia en su filmografía a la exuberancia que satura lo bello con ambición y maestría, supo capturar en fotogramas la alternancia entre las tribulaciones de la pasión con el sosiego de la sensibilidad erudita. Y, por supuesto, si algo ayuda es que Italia sea, una vez más, el escenario para amantes y amados en su mutua y frenética búsqueda. ¿Qué buscan? Por momentos no lo saben, en otros prefieren no saberlo. La duda alimenta la hipnótica lectura en la que Aciman nos presenta. ¿Aceptarán vivir la aventura?, ¿será suficiente con los límites de lo furtivo? ¿Quiénes son ellos?

Elio, un joven italoamericano y prometedor pianista de diecisiete años, hijo de un erudito profesor que acostumbra recibir cada verano a un joven académico en su casa para que prosiga por algunas semanas con su investigación a cambio de que lo ayude con algunos menesteres menores. Estamos en los años ochenta y el visitante durante el singular verano en donde se desarrolla la atribulada trama es Oliver, de veinte y tantos años, un académico estadounidense en formación que busca sondear en los herméticos pensamientos de Heráclito (y en los suyos propios, no menos oscuros que los del filósofo de Éfeso). Comienzan así  lo que serán sucesivos encuentros y desencuentros, la danza del deseo, de los temores, de los celos, de la indiferencia como táctica de conquista y, en definitiva, de todo lo conocido para intentar atraer a alguien aunque, a veces, el acercamiento acabe en alejamiento. Los amantes suelen  jugar prematuramente sus cartas.

Texto donde todas estas cavilaciones filosóficas tienen su justo lugar para dar paso al vértigo del tacto y de otros sentidos no menos importantes, pero eso, como la justificación del título, ya son parte de la médula, de la exquisita pulpa, de Llámame por tu nombre.

¿Leer el libro antes de ver la película? Suelo recomendar ese camino, pero en mi caso me sucedió al revés sin ningún efecto colateral. Muy por el contrario, la viví como una experiencia que se continuó entre diferentes lenguajes.  

La banda sonora de Sufjan Stevens, Mystery of Love, completa, junto a la belleza natural y la interpretación carismática de Timothée Chalamet como el joven Elio, la fragancia del amor. ¿A qué huele? Elio y Oliver son buenos perfumistas, se los aseguro. Dejen que ellos los guíen hasta dar con los componentes y las proporciones para un meditado e inolvidable arrebato. Y tal vez algo más…  

Llámame por tu nombre – Tráiler Oficial

Mystery of Love de Sufjan Stevens

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¿De qué está hecho el crecimiento? | Una reflexión desde Federico Peralta Ramos

Por David Chiecchio

Nunca antes pensar sobre nuestros actos cotidianos se volvió una posibilidad tan extendida. Mientras algunos creen que la caída del consumo de carne por persona tiene razones económicas, todo indica que hay que dar más atención a las motivaciones ideológicas. Vegetarianos, veganos, antiespecistas… La pregunta sobre cómo se producen nuestros alimentos les aparece lógica (ya) a los más pequeños.

Y así también hay otras preguntas sustentadas por argumentos válidos, que desnudan la forma en que producimos y se manejan nuestras economías. No hay dudas que la vida de consumo recibe cada vez más cuestionamientos. Principalmente de quienes descubren que trabajar para consumir es una relación parecida a la de los salarios y los precios. Unos van por la escalera y otros por el ascensor. Una metáfora remanida que podríamos actualizar diciendo que 50 años después de formulada las escaleras siguen siendo escaleras, pero los ascensores aumentaron su velocidad.

De la misma manera que el feminismo nos ha enseñado a deconstruirnos para vivir vínculos sanos, ofreciendo a las personas un camino libre del corset machista y un argumento con el que criticar a nuestra sociedad, ahora le toca a la economía. ¿Le tocará lo que ayer le tocó a la sexualidad? Poniendo al consumo en el centro de nuestras preocupaciones podemos dirigirle una pregunta al corazón: ¿de qué está hecho el crecimiento?

Federico Manuel Peralta Ramos

El arte de Federico Manuel Peralta Ramos parece volver al ruedo después de tantos años y sus cuestionamientos a la sociedad de entonces parecen a travesar la de hoy, mostrando que su llamado, su interpelación no ha perdido vigencia.

Conocedor de la elite que gobernó y formó lo que adoramos bajo la idea de la “nación”, descendiente del fundador de Mar del Plata, propuso rebautizar esa ciudad veraniega con el nombre de “Mal de Plata”.

Asimismo propuso que para entender la lógica de porqué lo que se produce no alcanza para todos bautizar a la cartera de hacienda como «Misterio de Economía«. Seguramente más apropiado. Concordando con el principio de Raúl Scalabrini Ortiz: si no logra entender lo que un economista explica es porque lo están estafando.

Bueno, pues de la misma manera Peralta Ramos (que se definía como psicodiferente) propuso en un célebre monólogo del programa del humorista Tato Bores entender de diferentes formas al crecimiento: «Crece la desocupación en la Argentina, como también lo hace la deuda externa, la pobreza y la violencia todavía más… Argentina es un país en crecimiento».

No hay dudas que las perspectivas sobre el crecimiento pueden ser muchas. Aunque esa intervención de Peralta Ramos tenía de trasfondo al menemismo, la reflexión es de aplicación actual: crece el consumo, crece el desmonte, crece la explotación minera, crecen las dificultades para conseguir vivienda propia. ¿O este crecimiento no forma parte de la economía? Bueno, tal vez sea como se ha dicho «esta heterogeneidad de causas debe dar lugar a una heterogeneidad de las respuestas».

En cualquier caso, da para pensar y removerse las ideas con el documental sobre el genio de Federico Peralta Ramos que dirigió Juan Carlos Capurro. Una verdadera joya que ilustra también el proceso de rescate de su figura en el que interviene el artista Daniel Santoro. Se titula Mal de Plata.

FICHA TÉCNICA

MAL DE PLATA (2020)

Documental

Corto

Duración: 27 minutos

DIRECTOR: Juan Carlos Capurro

SONIDO: Luciano Santoro, Juliana Mutilva

GUIÓN: Juan Carlos Capurro

MONTAJE: Juliana Mutilva

VARIOS: Juliana Mutilva

ASISTENTE DE DIRECCIÓN: Juliana Mutilva

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Taller Cultural – Actividades educativas de 6 a 12 años

Ofrecele a tus niñ@s la posibilidad de ¡aprender jugando! Leyendo cuentos, haciendo preguntas y averiguando juntos lo que les gusta.

Hacemos dibujos y pintamos mucho. Usamos materiales reciclados, ¡eso nos encanta!

Y damos paseos para conocer cosas curiosas de nuestra ciudad que nunca deja de asombrarnos.

Contamos también con un espacio tecnológico para usar y aprender.

Nuestra propuesta está basada en más de 10 años de experiencia en el campo de la educación

¿Qué permite el taller?

–Potencia y facilita la educación

-Es un complemento a la escolaridad

-Promueve la expresión oral, escrita y corporal

Experiencias en el taller

Cuentos – Chistes – Cine – Dibujos – Recetas – Ciencias – Adivinanzas – Música e instrumentos – Tecnología – Expresión – Paseos – Actividades – Juegos de mesa y grupales – Títeres – Murales

¿Dónde y cuándo?

-Todos los sábados de 15:00 a 16:30 [Consultar otros horarios]

-Lugar: Chacabuco

-Modalidad: presencial

Equipo de trabajo

Tallerista: Profesora de Educación Primaria (ISFD 131) Camila Olivetto

Coordina: Profesor David Chiecchio (Profesor en Historia / ISP Joaquín V. González) – Tallerista – Exdirector de Programa Envión para niños y adolescentes (2011-2015)

Ayuda: Anahí Trompino (excoordinadora de equipos técnicos y pedagógicos)

Precio

¡Vení a probar sin costo y sin compromiso!

Precio mensual: $4000 [Actualización cada tres meses]

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Formas de pago: aceptamos todos los medios

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Si todo libro implica un riesgo, ¿cómo toman impulso las editoriales medianas y pequeñas para publicar voces poco conocidas en nuestro país?

Si la tarea del editor, de la editora, supone siempre asumir un riesgo, entonces qué tipo de perspicacia entra en juego en los sellos argentinos cuando apuestan por poner en circulación literaturas internacionales en principio ignotas o con trayectorias ajenas a la comunidad lectora de nuestro país.

El interés por autores contemporáneos como los estadounidenses Deborah Eisenberg y Peter Rock, así como Jamaica Kincaid, o el fenómeno que generó el escritor norteamericano ya fallecido Michael McDowell, son algunos de los nombres extranjeros cuya circulación en Argentina, a través de la publicación de sellos independientes, recibió el visto bueno de las y los lectores y confirmó el criterio de sus editores al apostar por ficciones internacionales que si no eran desconocidas transitaban más solapadamente.

Si todo libro implica un riesgo, ¿cómo toman impulso las editoriales medianas y pequeñas para publicar voces que en principio son poco conocidas en nuestro país, tienen una circulación muy menor entre la comunidad lectora local o quedaron quizá un poco en el olvido, a pesar de que sus libros hayan cosechado sustanciosos reconocimientos? Detrás de un editor o editora, se sabe, hay buenos lectores y detrás de esos libros que llegan con la impronta de cada editorial argentina, buenas traducciones. Un poco de la fórmula que trae la industria editorial independiente para abrir el juego en el mercado.

El editor de La Bestia Equilátera, Diego D’Onofrio explicó a Telam que «El riesgo es muy grande para un autor conocido, pero es mucho mayor cuando se trata de uno desconocido. A los costos de traducción, hay que sumar la corrección de la traducción y los derechos en moneda extranjera. El costo es tan grande que exige vender muchos ejemplares para solo cubrir los gastos».

Por otro lado, también es cierto que hay «muy poco de una elección o preferencia» para publicar autores ignorados o poco leídos, dice D´Onofrio e inserta una variable clave en la medida que una editorial es también un actor en el mercado y necesita diferenciarse: «En España existen unas 200 editoriales que están activamente traduciendo todos los best sellers, libros premiados, y aquellos con muy buena crítica. Entonces queda muy poco para publicar y no existe otra opción más que ir hacia lo desconocido u olvidado. Allí la exigencia aumenta porque no existe la repercusión internacional del libro, y en muchos casos tampoco se puede entrevistar a los autores ya que están muertos. Por lo tanto solo queda como argumento de venta la calidad del libro. La exigencia termina siendo enorme».

Como dice Hernán López Winne, cofundador de Godot, el riesgo siempre es el mismo: «No hay forma de saber si el libro va a vender bien o no. La lógica para asumir riesgos es siempre la misma: el libro nos gustó mucho y suponemos que puede vender bien. Después hay que lograr que eso suceda, y ahí está presente esa incertidumbre que solo se puede zanjar una vez que el libro fue publicado y llegó a las librerías».

Bien distinta es la experiencia de Chai Editora, un sello que se gestó con la idea de publicar y traducir narrativa contemporánea extranjera. Soledad Urquia, su fundadora junto a Santiago La Rosa, piensa que en el riesgo está la definición de su editorial, donde la apuesta va más allá del libro. «Eso genera un pacto con los lectores y lectoras, que no buscan el nombre un autor conocido o autora conocida o un libro sobre un tema resonante sino la curaduría», dice la editora.

Se teje así una «complicidad» y «confiamos en que eso vibrante que nosotrxs encontramos en los textos que decidimos publicar también resuena y es interesante para los lectores y lectoras. Priorizamos sobre todo la experiencia de lectura», dice Urquia sobre la propuesta de Chai de «incorporar nuevas voces a la escena literaria de Latinoamérica y España, con todos los riesgos y el trabajo de presentación que eso implica».

Fuente: Télam

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¡Cuidado! Estamos jugando…

En ese lugar, con todo ese griterío, donde parece que un alboroto lo hace inhabitable, precisamente ahí sucede en un fenómeno del todo inesperado: el juego de los niños, que está en todos lados.

El juego es la forma de aprender durante la etapa más importante de nuestro desarrollo, la niñez. ¿Pero podríamos decir que el juego es tomado como una cosa seria? ¿Qué se dice sobre el juego y la diversión en las escuelas?

El juego, entre varias cosas, supone variación de la forma en que se lo realiza, alternancias con descansos, el aburrimiento (germen del juego), aparición de conflictos (evaluación de soluciones), representaciones, juego de roles, risas, llantos, lo inesperado…

Si el juego es un importante medio para el aprendizaje ¿por qué los niños piden en las escuelas que los docentes los tratemos bien? «Que no nos diga cosas», «que tengas buena onda», «que nos dejes ir al baño». Una reflexión de este tipo también explica porqué para los niños la escuela pierde significado: «vengo porque me mandan» me responden todos los años cada año, la mayoría de los jóvenes.

Un joven, ya en secundaria, corpulento, decidió vivir solo para evitar los conflictos de su casa. Entra al aula tarde, pero la preceptora sabía que no iba a faltar: «viene seguro». Entra, se sienta, no responde mi saludo. Hay solo dos alumnos en un aula preparada para 12 con distancia social. Mira el celular, la «clase» transcurre indistintamente. Él está ahí, fin. «¿Vos sos X? ¿Me querés contar algo así nos conocemos? Me dijo la preceptora que laburás mucho». Trabaja a la mañana de pintor, va a la escuela, después trabaja en un taller y por la noche hace repartos. Eso para las autoridades escolares era muestra de «dedicación».

Para que los castillos de cristal se derriben a veces basta una pregunta: «Y qué ves en la escuela? Digo, hacés tantas cosas.. ¿qué encontrás en la escuela que te hace venir?». Lapidariamente me respondió «Porque quiero ser policía». El caso, que podría haber sido puesto como ejemplo en una nota televisiva, ahora era la prueba de la larga crisis educativa. Una paradoja para la escuela que, como los castillos medievales perdidos en las campiñas europeas, son hermosos pero nadie los habita.

¿Y por qué a pocos les gusta? Además de la injusta tarea para hacer en casa (que tiene los días contados), el temor que generan las lecciones (demostradas ineficaces) y la pérdida de tiempo de los exámenes (que no estimulan el aprendizaje) hay un ingrediente en la educación que la hace «amarga»: los planes, las secuencias, la elaboración intensa de la actividad escolar hace que las clases (y sus efímeros habitantes, los profesores) pasen levemente, insignificantes y que ser un «buen estudiante» sea una invitación a usar la astucia más que la inteligencia y, contrariando a la ciencia, enfocarse en los resultados (calificación) y no en los procesos (evaluación).

Lo que pueda suceder en la escuela es «esperado», «imaginado» por los estudiantes desde que toman su desayuno o el almuerzo en casa. Una rutina, incluso cuando entendemos por rutina un ritmo, un patrón de cómo lo que sucede varía. Si hay palabras que no pueden decirse, también en la escuela hay un repertorio de movimientos admitidos y otros que no. La escuela es sinónimo de «lo esperable» por ello algunas buscan regular todavía la vestimenta, como en el siglo XIX.

A la excesiva carga de reglas como no ir al baño en hora de clase, normas como quitarse el gorro en clase («te imaginás si todos estuviéramos con gorros en el aula» dijo la profesora), estándares, planes, previsiones… los profesores debemos comenzar a ganar lugar para una verdadera educación. Para descubrir el camino, tal vez, sea una buena consigna preguntar en nuestras aulas «¿qué puedo hacer yo para que la escuela sea un lugar donde quieras venir?». Lo que me recuerda al físico Illya Prigogine, autor de «Tan solo una ilusión»:

«Quizás el aspecto más inesperado es que, a todos los niveles de orden, aparece la coherencia del caos para condiciones de no equilibrio: un mundo en equilibrio sería caótico, el mundo de no equilibrio alcanza un grado de coherencia que, para mí al menos, es sorprendente».

Por David Chiecchio

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¿Cultura para qué?

No es nuevo que la muerte y el sufrimiento sellan sin cerrar cada etapa de la historia. Ni qué hablar del periodo inaugurado por Cristobal Colón.

La muerte, el trabajo hasta extinguirse la vida, el quiebre de los núcleos familiares, los abusos de todo tipo, el trabajo forzado de niños a gran escala, la tortura física al servicio de… ¿de qué?

Con violencia y depredación, Europa «desarrolló» su economía. El resultado fue el empobrecimiento americano, que para explicarlo se inventó una supuesta «acción civilizatoria» de los europeos, algo así como que les hicieron un favor.

Esa es la explicación de porqué en las láminas escolares a los indios se los mostraba recibiendo extrañados a Colón: eran zonzos, pavos, fáciles de engañar. En todo caso les hicieron de protectores y les enseñaron. Eso fortaleció el mito, que los indios eran atrasados culturalmente. Y que fueron los europeos quienes lo hicieron todo.

«Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?»

La pregunta le pertenece a Eduardo Galeano, el hombre que le devolvió a América una autoconciencia, una memoria propia en el libro Las Venas Abiertas de América Latina.

Eduardo Galeano

Ese libro quitó a Europa su calidad de «sujeto que hace la historia» al devolverles la historia, una voz a aquellos muertos de cansancio, amasijados por la espada del conquistador por no saber hablar el español, muertos en el socavón de la mina de la plata o asfixiados por los gases del mercurio.

Hay otro libro, Los Vencidos de Nathan Wachtel. Recuperó la voz, la organización, la forma de vivir antes de la conquista y lo sucedido durante ella también. ¿Cómo vieron los indios a esos hombres rubios que venían montando animales que desconocían?

Nathan Wachtel

Pese a tener estas obras 40 años no pierden actualidad, principalmente en su objetivo de instalar el tema como una problemática cultural. Es decir, no solo como un problema que atañe a que conozcamos a aquellos sojuzgados por Europa, sino al problema político de la cultura: ¿cómo aprender de lo que es diferente?

El cosumo también es un problema culturalmente político. ¿Saben los niños que cuando los pintan de negro con un corcho quemado representa un esclavo? ¿Saben que esos hombres era soportaban los más increíbles tormentos? Yo digo que ningún niño se disfrazaría si conociera de qué se trata.

En los pocos lugares donde se admiten las opiniones estos problemas no se discuten por la misma razón extraña que considera una falta de respeto que los niños usen gorra mientras cantan el himno nacional.

Por eso es valioso descubrir un libro que aborda en otra perspectiva la discusión sobre la relación de las instituciones con la cultura y el arte. Se trata de A la Cárcel, del chileno Ricardo Elías, publicada en una preciosa edición por la editorial Alto Pogo.

Es una obra que gracias al humor lleva de las pestañas al lector por una serie de acontecimientos que no son insólitos, sino inesperados. En él, el sueño de la libertad termina por ser el de la cultura cuando cavando un túnel los presos encuentran un dinosaurio.

El hecho desencadena, como es esperable, un redimensionamiento de la cárcel. Y de pronto, lugares como la biblioteca, que nadie había pisado desde la inauguración, cobran sentido, tiene un para qué.

Ricardo Elías

Hay un fuerte simbolismo en la novela, que entre las risas cómplices arranca reflexiones que ponen en duda los propósitos expresos de las instituciones, pero también , y fundamentalmente, invitan a creer que si queremos recomponer, reconstruir, acercar, comprender el acceso a la cultura y a los bienes culturales es fundamental. Un extracto:

Esa misma tarde, alimentado por la curiosidad, Lalo acudió a la biblioteca, un salón gigantesco ubicado en uno de los pasillos del ala sur. Repleta de repisas y libros, la biblioteca de la cárcel había sido implementada gracias a un programa estatal sumamente publicitado. En sus anaqueles podían encontrarse libros clásicos y literatura contemporánea en ediciones de lujo, hasta rarezas como una versión del Quijote en jerga coa. La pulcritud de sus paredes, alfombra y sillones se debía, entre otras cosas a que nadie entraba. Ningún preso cruzaba la puerta de esa biblioteca ni por obra del equívoco. La única vez que hubo gente en su interior fue para su inauguración. Asistió hasta el presidente de la República. La más completa y moderna biblioteca carcelaria de Latinoamérica. Todos los medios cubrieron el evento. Esa la última vez que alguien puso un pie dentro. Alguien que no fuera Olmedo, el profesor de castellano del liceo de la cárcel, una salita ubicada al exterior del recinto penal, creada para educar a aquellos hijos de presos que no habían asistido nunca al colegio. De vez en cuando, Olmedo ingresaba a la biblioteca en busca de algún título para leer. Esa tarde, el profesor ya se disponía a apagar la luz cuando Lalo Cartagena entró.

-El baño está al final del pasillo -indicó Olmedo.

– Vengo a la biblioteca, profesor -respondió Lalo.

-¿A la biblioteca? -preguntó Olmedo extrañadísimo.

-Sí, y ya que está aquí, voy a pedirle que me ayude. Ando buscando un libro sobre huesos antiguos, huesos enterrados.

Olmedo lo miró detenidamente sin poder convencerse aun de lo que estaba oyendo:

-¿Te diste fuerte en la cabeza?

ELIAS, Ricardo. A la Cárcel. Alto Pogo, Buenos Aires, 2018, ps. 219.

Por David Chiecchio

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Zuhair Jury y los cuentos para sentir la vida

Vaya a saber uno cuáles son las conexiones entre la escritura como arte y los periplos personales de algunos escritores. Como decía por allí Miguel Briante eso… que si son necesarios los reformatorios para que hayan buenos escritores. Está claro que era más una crítica a la academia, a las normas, que una constatación general dicha por el escritor Juan Rulfo, que perdió de niño a sus padres.

Yo no he podido sacarme esa idea de la cabeza al leer los cuentos Zuhair Jury reunidos en el libro El Romance del Aniceto y otros cuentos que publica Editorial Mil Botellas. Junto a su hermano Leonardo Favio (director de cine y cantautor) corrieron esa suerte misma que Rulfo. En los cuentos reunidos, la mayoría incorporados desde la edición original de 1969, no sobran palabras, y en cambio en ellas la belleza de una vida salvaje y sorpresiva brota en todos lados, palabras que hacen única la noche negra y la soledad de los niños sin madres.

En el libro pueden encontrarse los cuentos “El Romance del Aniceto y la Francisca” y “El dependiente”, que dieron el título y argumento a las películas dirigidas por su hermano. El primero se resume en una dialéctica ambivalente entre el amor, la pobreza y un gallo de riña, motivo que sirve al escritor (y al director también) para sostener una metáfora de la sociedad que se resuelve en la última escena, cuando Aniceto comprende su error y decide enmendarlo. Algo similar con “El Dependiente”, cuento que llama la atención por la capacidad del autor para mantener en vilo al lector a través de una trama que aparentando ser zonza también se revela como una gran lectura acerca de las relaciones que entablamos con las personas, nuestros deseos y el mundo. En esta la lectura política es obvia, lo que no quiere decir que sea la única.

El libro ha tenido numerosas ediciones y reediciones. En este caso, además de las correcciones que se realizaron de acuerdo con el autor se incorporó un cuento, “La Mariscala” que se supone autobiográfico. Este cuento donde es protagonista una mujer es el encargado de cerrar el libro. Pero el otro que protagoniza una mujer, “La Boliviana”, es el que lo abre. No es casual, claro, cuando se vea el rol que las mujeres cumplen en estas tramas.

La boliviana es una mujer que ejerce la prostitución en un pueblo pequeño donde el turco tiene un bar. En el bar la boliviana llega todos los 8 de cada mes a atender allí. Con este argumento Jury teje la trama de la impotencia, muestra cómo el deseo y el deber ser, a lo mejor, se enfrentan irremediablemente. En este cuento he encontrado un pasaje bellísimo donde seguramente haya también un rasgo autobiográfico del autor:

“Mi hermano duerme. Su mano niña cuelga al costado con los dedos entreabiertos como sosteniendo aún una pitada que hace rato se la fuma el sueño. El pucho humea lento, ceniciento. Mi hermano duerme. Mañana la boliviana, de gaucha, le dará unos pesos y tendrá para un par de atados, para el invite en la Gruta Azul a dos o tres pendejos a cambio del asombro, o quizá comprará un regalo, un muñequito de treinta centavos con el que viajará hasta la angustia de nuestra madre. Mi hermano duerme asomado a su sueño; vuelve a robarle todo el cuerpo a las cobijas y se va desnudito y corriendo a la hendija, a seguirse mirando; a veces no se encuentra y se queda expectante, inmóvil, confundido. A veces lo que ve, le causa tal asombro y estupor que se lleva una mano a la mejilla y queda con la boca entreabierta y los ojos fríos. Ve muchas cosas, y entre ellas, la mano oscurita de la tía Berta alcanzándole un bizcocho tibio y dulcísimo, y entonces sin poder más se mete por la hendija y se le abraza a las faldas hundiendo su cabecita en el vientre que se agita en una risita feliz. Mañana esperará, jugando con un palito en el agua de la acequia, que doble la esquina de la vereda alta, el cuerpo gordito, menudo, y vestido de rojo de la boliviana. Mi hermano está despierto, tiene su rostro vuelto hacia mí; la penumbra de la luz de la luna da en los pies del elástico con patas que es su cama, y alcanzo a ver su rostro blanquecino, oval y niño, que mira brillándole los ojos grandes y oscuros. No tenemos nada que decirnos”.

Ese despliegue de sencillez, de una prosa que fluye como río, sin ese pedregoso ripio que a veces imponen las convenciones, se repite en “La Mariscala”, una historia sin igual: la mujer es la dueña del lupanar que tiene una vida atravesada por el amor desdichado hacia otra mujer.

La figura de la Mariscala expone cómo la mujer ha dominado determinados ambientes y especialidades, una declaración más que hace al compromiso del autor: “Desde su gran sillón de mimbre domina el caserío de ruines y cartoneros del Callejón de las Rosas, hasta los lindes del basural humeante del Mapocho. A su puerta llegan a dirimir conflictos mujeres golpeadas, hombres tajeados. Los domingos se la llevan casi en andas a hacer de juez de peleas de gallos de riña en un sangriento reñidero de las afueras. Yo voy con ella”.

Como sea, en “La Mariscala” también aparece, con una cuota de humor, el drama del amor en toda su plenitud, que es el desencuentro, y también está tocado por el entorno social que por medio del observar formatea. Pero a diferencia de la boliviana, que va hacia el pueblo, la mariscala parece haber creado en su lupanar su propia cultura.

En ambos cuentos la relación entre el centro y la periferia, la mirada sobre los excluidos, su juzgamiento moral están presentes, pero el conflicto alcanza el clímax en el final del primer cuento, que viene a resumir esa actitud bochornosa de quien no se anima al placer ni a la crítica y permanece duro como un adoquín, siendo apenas un juntador de guita o un espectador de la vida por miedo a lo que dirán:

“El cantor del boliche se ha callado. Ahora la calle es un crespón, un luto. Detrás de las ventanas y las puertas, los vecinos tienen los ojos enrojecidos, y las orejas entumecidas de una espera expectante de comadres impúdicas y morbosas. El silencio se agranda, se agiganta, duele, Toda la noche está pendiente del gran momento, toda la noche late la espera hasta que al fin se recortan en la esquina gris de la vereda alta, las siluetas dramáticas de la boliviana y mi hermano. Sí es ella, llegó. Hay un clic en todas las ventanas, un leve chirrido detrás de cada puerta. Caminan hacia acá con un fulgor de pucho en cada boca, vienen riendo a carcajadas; ella trae en una mano una toallita envuelta en un papel de diario. Pasan bajo el foco milagriento del boliche y de atrás se asoma un enjambre de cabezas a mirarla. Mi hermano y ella siguen, cruzan el callejón, llegan al umbral, me hago a un lado y se pierden en lo oscuro hacia el lado de la pieza. Algunos de los hombres del boliche van saliendo y pitan nerviosos los cigarros. Detrás de las ventanas y las puertas el pueblo entero asiste solpapado al espectáculo; con su ansiedad atraviesan las sombras de la noche y participan en una orgía fantástica y silenciosa de ademanes lascivos y tenues como el pensamiento. Los hombres y las mujeres del vecindario se le deslizan por sobre la piel; desde sus lugares, seguras, sin culpa, las mujeres, palpitantes de envidia la roban de la pieza, la preguntan, la tocan, la manosean, la cansan. Los hombres desde sus camas hundidos en sus mujeres le siguen recorriendo el cuerpo desnudo y blanco.”

Por David Chiecchio