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Briante, el juicio de Borges

En Entrevistas, de la colección «Añejados» de Editorial Mil Botellas puede encontrarse el recorrido por el trabajo periodístico Miguel Briante que exhibe a tal punto su calidad que ahora, muchos años después, esos escritos aparecidos en la fugaz prensa periódica pueden componer un libro.

Es cierto que el volumen al libro se lo dan sus entrevistados: Bioy Casares, Borges, Di Benedetto, Rulfo, Neruda, Eco, Puig, Leónidas Lamborghini, Norberto Gómez, Carlos Alonso, Griselda Gambaro entre otros. Pero no alcanzan ellos para explicarlo como una verdadera obra, porque el libro excede la antología, va más allá de esas juntadas de entrevistas a famosos.

El primer entrevistado es el propio Miguel por María Moreno en el bar BárBaro que lo deja a uno ya parado frente a ese escenario de cambio de época que envuelve las entrevistas.

Además tienen un destacado lugar las artes plásticas, promoviendo así una merecida reflexión en torno a ellas, pero sobre todo a la relación con la realidad, una discusión podría decirse, que introduce en cada entrevista sin importar cómo vaya a tomarlo el entrevistado.

Briante pregunta sin solemnidad y sin vueltas. Con una incisiva brevedad y economía de recursos va a la verija. En ningún modo la pregunta es una revancha al entrevistado, pero sí una revancha para el lector, el espectador. De preguntar lo que no hemos podido. Ni importa si por lector se piense en el de entonces o el de ahora.

Esa incomodidad en la que queda hundido Bioy al no contestar por ese cuento «El atajo», la respuesta de Eco sobre Rayuela de Cortázar, la repregunta que desnuda a Di Benedetto, la distancia con que retrata fríamente a Neruda. Nada de eso es habitual. Porque si es común hallar entrevistas a estos autores (con excepción de Rulfo), no lo es encontrar buenos entrevistadores que no caigan en la melaza.

No transa. Se queda con el lector, cree en el periodismo como en una educación pública no obligatoria. Las preguntas y (a veces) los cuestionamientos que atraviesan las entrevistas ponen en su mundo de dudas al que responde y muestran porqué el estilo Briante está más vivo hoy que nunca.

Como lector se obtiene lo que se busca: el juicio objetivo de cómo es sentarse frente a Juan Rulfo, frente a Bioy Casares y el mismísimo, don Jorge Luis.

Borges

Y en la red del lenguaje no hay otro como Borges, que queda retratado sin desperdicios en las tres entrevistas que se incluyen en el volumen: en 1970, en 1974 (republicada en 1993) y en 1976. Como se ve, realizadas en un contexto histórico que quedó pegado en toda producción cultural.

En esos encuentros con Borges hay un elemento de sumo interés para el ineludible y largo juicio al (del) escritor. Hay una transmutación, una transubstanciación del escritor: en tanto cambia el devenir político de esos años, el significado de Borges, de su uso modélico del lenguaje, de su obra, de su palabra.

El entrevistador deja claro, por preguntón, que Borges impone silencios y mutismos, un puente donde no hay un arroyo. La admiración que le prodiga no le impide comprender el rol político de esa, su, literatura, de saber a quién y con qué motivo escribe Borges.

En la tercer entrevista un ya casi ciego Borges va al café con Briante. Charlan, entrevista, y es obvio el papel que la soledad cumple en el escritor. Es ese 1976 que tuvo un marzo de fuego y Borges estaba en su día previo a aquella famosa entrevista con el «presidente» Videla, líder del movimiento que impuso el golpe de Estado que se cobró la vida de 30 mil personas con el objetivo de dar por cerrada la etapa del peronismo.

Borges concurre, también estaba Sábato y el representante de la Sociedad Argentina de Escritores, entre otros. Borges se decide finalmente ante la insistente prensa de aquel entonces que dirá unas palabras. Pero Briante, consciente del lugar, artero en la decisión y falto de un remate para su entrevista escribe así el penúltimo párrafo:

«Cuando se supo que después de arisquear unas horas Borges se había decidido a hablar -de lo que quiso, no de lo que le pidieron- se creyó que había llegado para el cronista el momento de aprovechar la ocasión de cerrar con espectacularidad esta nota yendo a verlo».

Falta un párrafo que lo dejamos pendiente para el que desea el juicio que Briante abrevia en dos palabras lo vaya a leer.

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Zuhair Jury y los cuentos para sentir la vida

Vaya a saber uno cuáles son las conexiones entre la escritura como arte y los periplos personales de algunos escritores. Como decía por allí Miguel Briante eso… que si son necesarios los reformatorios para que hayan buenos escritores. Está claro que era más una crítica a la academia, a las normas, que una constatación general dicha por el escritor Juan Rulfo, que perdió de niño a sus padres.

Yo no he podido sacarme esa idea de la cabeza al leer los cuentos Zuhair Jury reunidos en el libro El Romance del Aniceto y otros cuentos que publica Editorial Mil Botellas. Junto a su hermano Leonardo Favio (director de cine y cantautor) corrieron esa suerte misma que Rulfo. En los cuentos reunidos, la mayoría incorporados desde la edición original de 1969, no sobran palabras, y en cambio en ellas la belleza de una vida salvaje y sorpresiva brota en todos lados, palabras que hacen única la noche negra y la soledad de los niños sin madres.

En el libro pueden encontrarse los cuentos “El Romance del Aniceto y la Francisca” y “El dependiente”, que dieron el título y argumento a las películas dirigidas por su hermano. El primero se resume en una dialéctica ambivalente entre el amor, la pobreza y un gallo de riña, motivo que sirve al escritor (y al director también) para sostener una metáfora de la sociedad que se resuelve en la última escena, cuando Aniceto comprende su error y decide enmendarlo. Algo similar con “El Dependiente”, cuento que llama la atención por la capacidad del autor para mantener en vilo al lector a través de una trama que aparentando ser zonza también se revela como una gran lectura acerca de las relaciones que entablamos con las personas, nuestros deseos y el mundo. En esta la lectura política es obvia, lo que no quiere decir que sea la única.

El libro ha tenido numerosas ediciones y reediciones. En este caso, además de las correcciones que se realizaron de acuerdo con el autor se incorporó un cuento, “La Mariscala” que se supone autobiográfico. Este cuento donde es protagonista una mujer es el encargado de cerrar el libro. Pero el otro que protagoniza una mujer, “La Boliviana”, es el que lo abre. No es casual, claro, cuando se vea el rol que las mujeres cumplen en estas tramas.

La boliviana es una mujer que ejerce la prostitución en un pueblo pequeño donde el turco tiene un bar. En el bar la boliviana llega todos los 8 de cada mes a atender allí. Con este argumento Jury teje la trama de la impotencia, muestra cómo el deseo y el deber ser, a lo mejor, se enfrentan irremediablemente. En este cuento he encontrado un pasaje bellísimo donde seguramente haya también un rasgo autobiográfico del autor:

“Mi hermano duerme. Su mano niña cuelga al costado con los dedos entreabiertos como sosteniendo aún una pitada que hace rato se la fuma el sueño. El pucho humea lento, ceniciento. Mi hermano duerme. Mañana la boliviana, de gaucha, le dará unos pesos y tendrá para un par de atados, para el invite en la Gruta Azul a dos o tres pendejos a cambio del asombro, o quizá comprará un regalo, un muñequito de treinta centavos con el que viajará hasta la angustia de nuestra madre. Mi hermano duerme asomado a su sueño; vuelve a robarle todo el cuerpo a las cobijas y se va desnudito y corriendo a la hendija, a seguirse mirando; a veces no se encuentra y se queda expectante, inmóvil, confundido. A veces lo que ve, le causa tal asombro y estupor que se lleva una mano a la mejilla y queda con la boca entreabierta y los ojos fríos. Ve muchas cosas, y entre ellas, la mano oscurita de la tía Berta alcanzándole un bizcocho tibio y dulcísimo, y entonces sin poder más se mete por la hendija y se le abraza a las faldas hundiendo su cabecita en el vientre que se agita en una risita feliz. Mañana esperará, jugando con un palito en el agua de la acequia, que doble la esquina de la vereda alta, el cuerpo gordito, menudo, y vestido de rojo de la boliviana. Mi hermano está despierto, tiene su rostro vuelto hacia mí; la penumbra de la luz de la luna da en los pies del elástico con patas que es su cama, y alcanzo a ver su rostro blanquecino, oval y niño, que mira brillándole los ojos grandes y oscuros. No tenemos nada que decirnos”.

Ese despliegue de sencillez, de una prosa que fluye como río, sin ese pedregoso ripio que a veces imponen las convenciones, se repite en “La Mariscala”, una historia sin igual: la mujer es la dueña del lupanar que tiene una vida atravesada por el amor desdichado hacia otra mujer.

La figura de la Mariscala expone cómo la mujer ha dominado determinados ambientes y especialidades, una declaración más que hace al compromiso del autor: “Desde su gran sillón de mimbre domina el caserío de ruines y cartoneros del Callejón de las Rosas, hasta los lindes del basural humeante del Mapocho. A su puerta llegan a dirimir conflictos mujeres golpeadas, hombres tajeados. Los domingos se la llevan casi en andas a hacer de juez de peleas de gallos de riña en un sangriento reñidero de las afueras. Yo voy con ella”.

Como sea, en “La Mariscala” también aparece, con una cuota de humor, el drama del amor en toda su plenitud, que es el desencuentro, y también está tocado por el entorno social que por medio del observar formatea. Pero a diferencia de la boliviana, que va hacia el pueblo, la mariscala parece haber creado en su lupanar su propia cultura.

En ambos cuentos la relación entre el centro y la periferia, la mirada sobre los excluidos, su juzgamiento moral están presentes, pero el conflicto alcanza el clímax en el final del primer cuento, que viene a resumir esa actitud bochornosa de quien no se anima al placer ni a la crítica y permanece duro como un adoquín, siendo apenas un juntador de guita o un espectador de la vida por miedo a lo que dirán:

“El cantor del boliche se ha callado. Ahora la calle es un crespón, un luto. Detrás de las ventanas y las puertas, los vecinos tienen los ojos enrojecidos, y las orejas entumecidas de una espera expectante de comadres impúdicas y morbosas. El silencio se agranda, se agiganta, duele, Toda la noche está pendiente del gran momento, toda la noche late la espera hasta que al fin se recortan en la esquina gris de la vereda alta, las siluetas dramáticas de la boliviana y mi hermano. Sí es ella, llegó. Hay un clic en todas las ventanas, un leve chirrido detrás de cada puerta. Caminan hacia acá con un fulgor de pucho en cada boca, vienen riendo a carcajadas; ella trae en una mano una toallita envuelta en un papel de diario. Pasan bajo el foco milagriento del boliche y de atrás se asoma un enjambre de cabezas a mirarla. Mi hermano y ella siguen, cruzan el callejón, llegan al umbral, me hago a un lado y se pierden en lo oscuro hacia el lado de la pieza. Algunos de los hombres del boliche van saliendo y pitan nerviosos los cigarros. Detrás de las ventanas y las puertas el pueblo entero asiste solpapado al espectáculo; con su ansiedad atraviesan las sombras de la noche y participan en una orgía fantástica y silenciosa de ademanes lascivos y tenues como el pensamiento. Los hombres y las mujeres del vecindario se le deslizan por sobre la piel; desde sus lugares, seguras, sin culpa, las mujeres, palpitantes de envidia la roban de la pieza, la preguntan, la tocan, la manosean, la cansan. Los hombres desde sus camas hundidos en sus mujeres le siguen recorriendo el cuerpo desnudo y blanco.”

Por David Chiecchio