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El extranjero inmortal | La novela, la película y Albert Camus

Por Andrés Russo

Emil Cioran escribió que el juramento, el epitafio y el telegrama constituían modelos de estilo. Es una verdad elegante que se cumple en una de las novelas más populares del siglo XX, la cual comienza con un telegrama, que observando el laconismo que impone su forma, comunica con lacerante eficacia: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias». El destinatario de esa fulminante sentencia, Monsieur Meursault, no la vive como tal, sino que la percibe casi como si de una comunicación burocrática se tratase, perdida entre el fárrago de sus nimios días, inmersa en su faena diaria, la que tiene lugar en una gris oficina de la remota Argel. Territorio árido, donde el sol siempre parece estar más alto sin posibilidad de respiro alguno: «La tarde, en esta región, debía de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente.«

Anodino, indiferente, abúlico, indolente, son los calificativos con los que los lectores y la crítica han querido definir a Meursault. Será él mismo quien narrará de principio a fin su historia desde una distante primera persona: distante de sí, de los otros, del mundo. Alguien inescrutable hasta para sí mismo. Meursault es un hombre que no es medida de lo humano, al menos de la existencia que se propone inventar el sentido de la que carece en origen.

Marcello Mastroianni

El más célebre personaje de Albert Camus no busca subsanar el inconveniente de haber nacido apelando a ninguna pasión, por más inútiles que, en definitiva, estas sean. Meursault no renuncia a dicha empresa, dado que ni siquiera se la propone. Da por sentado los hechos, alegres o penosos, sea un funeral o un encuentro amoroso. Todo, al fin y al cabo, transcurre fugazmente, como la gente ociosa a la que contempla sentado en su balcón a lo largo de  un estéril domingo. El paso del tiempo, sin otras cosas que atender más que la comida, el sueño y el trabajo. ¿No hay Dios? Mala suerte ¿Hubo madre y ya no lo hay? Vaya inconveniente, pero tenía sesenta años, aunque Meursault no lo recuerda con exactitud. No es relevante. ¿Qué importa? El sol agobiante, que todo lo hace insoportable, es lo que cuenta. Una enfermera se lo recuerda en Marengo, donde su madre vivía en un asilo y donde es enterrada a toda prisa para que el calor no desbarate lo que ha quedado de ella: ««Si uno anda despacio, corre el riesgo de una insolación. Pero si anda demasiado aprisa, transpira y, en la iglesia, pesca un resfriado.» Tenía razón. No había escapatoria.» ¿Cómo vive Meursault esa falta de salida? Se resigna, acepta que “de todos modos uno siempre es un poco culpable”. No importa de qué, del abandono de una madre, de un crimen en una playa, de su propia ruina. Al regreso de las exequias y ya en su rutina circular se percata que “nada había cambiado”. Y nada cambiará para quien ve solamente cuerpos que ejecutan acciones, por el solo hecho de que tengan que ponerse en marcha. Los jóvenes y su algarabía al entrar y salir del cine; el obligado y prolijo paseo familiar y los comerciantes de la cuadra moviéndose al ritmo del reloj para abrir y cerrar. ¿Los que desfilan ante la mirada de Mersault están más vivos de lo que lo está él? Eso me lo pregunto yo, Meursault no se demora en ningún alegato antiburgués. Meursault transcurre, es extranjero en su propia vida, mucho más que los foráneos con los que puede toparse en sus paseos por la ciudad. La opacidad de la otredad es absoluta, pero porque antes Meursault fue, es y será un enigma insoluble para sí. No se preocupen, parece no sufrir. No es un personaje que vivencie su vida y el mundo como absurdo, trágico o nihilista. Esas son tematizaciones  que le quedan demasiado lejos, como todo.

El extranjero cuenta con una adaptación cinematográfica realizada por Luchino Visconti en 1967, con Marcello Mastroianni en el papel de Meursault. El texto de Camus delimita las acciones con mucha claridad. Visconti decidió no apartarse demasiado de la narración original. ¿Fue un acierto? Estoy convencido de que no logró un producto de la talla de Muerte en Venecia, donde su genial impronta autoral como cineasta se atreve a crear una versión superadora, en ese caso, de la novela de Mann. Visconti fue un aristócrata con un profundo conocimiento de la ópera, lo cual le permitió comprender las claves visuales de un texto donde la belleza, la creación y la muerte se baten a duelo. No obstante, en el caso de El extranjero, donde lo rústico es su esencia, solo hay muerte, pero sin elucubraciones artísticas ni filosóficas, ya que eso Camus lo dejó, sabiamente, a buen criterio del lector. Dicho esto, no cabe duda de que Mastroianni era el intérprete adecuado. Sus papeles en 8 ½ y en Sostiene Pereira demuestran que era capaz de captar a la perfección las distintas formas de la crisis y la desesperación así como la necesidad del hombre por reinventarse. Meursault no alberga idea alguna de salvación, expiación o reinvención. No es héroe ni antihéroe. Ese punto muerto acaso sea un desafío para la pantalla grande. Un agujero negro de la subjetividad humana. ¿Cómo se filma un atolladero de esa magnitud? En aquel tiempo Orson Welles podría haber hecho un intento decoroso. En este, Michaell Haneke otro tanto (ambos directores lograron adaptar razonablemente grandes textos kafkianos, lo cual es un buen precedente para abordar a Camus).

El extranjero sigue siendo un misterio. Aquí no hemos intentado dilucidarlo. Simplemente deseamos que disfruten de la primera novela de un versátil autor francés nacido en Argelia, que logró la perfección literaria en el primer intento. Se llamaba Albert Camus. No dudó en enfrentarse duramente al, en aquel tiempo, omnipresente Sartre y en soportar, como Sísifo, el peso de un Nobel a los 44 años. Perdió la vida en un accidente automovilístico, en una ruta tan rectilínea que hace sospechar que siempre seremos cuerpos extraños para una vida que nunca nos será demasiado hospitalaria.

Guiño: «Killing An Arab» por The Cure.

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Si todo libro implica un riesgo, ¿cómo toman impulso las editoriales medianas y pequeñas para publicar voces poco conocidas en nuestro país?

Si la tarea del editor, de la editora, supone siempre asumir un riesgo, entonces qué tipo de perspicacia entra en juego en los sellos argentinos cuando apuestan por poner en circulación literaturas internacionales en principio ignotas o con trayectorias ajenas a la comunidad lectora de nuestro país.

El interés por autores contemporáneos como los estadounidenses Deborah Eisenberg y Peter Rock, así como Jamaica Kincaid, o el fenómeno que generó el escritor norteamericano ya fallecido Michael McDowell, son algunos de los nombres extranjeros cuya circulación en Argentina, a través de la publicación de sellos independientes, recibió el visto bueno de las y los lectores y confirmó el criterio de sus editores al apostar por ficciones internacionales que si no eran desconocidas transitaban más solapadamente.

Si todo libro implica un riesgo, ¿cómo toman impulso las editoriales medianas y pequeñas para publicar voces que en principio son poco conocidas en nuestro país, tienen una circulación muy menor entre la comunidad lectora local o quedaron quizá un poco en el olvido, a pesar de que sus libros hayan cosechado sustanciosos reconocimientos? Detrás de un editor o editora, se sabe, hay buenos lectores y detrás de esos libros que llegan con la impronta de cada editorial argentina, buenas traducciones. Un poco de la fórmula que trae la industria editorial independiente para abrir el juego en el mercado.

El editor de La Bestia Equilátera, Diego D’Onofrio explicó a Telam que «El riesgo es muy grande para un autor conocido, pero es mucho mayor cuando se trata de uno desconocido. A los costos de traducción, hay que sumar la corrección de la traducción y los derechos en moneda extranjera. El costo es tan grande que exige vender muchos ejemplares para solo cubrir los gastos».

Por otro lado, también es cierto que hay «muy poco de una elección o preferencia» para publicar autores ignorados o poco leídos, dice D´Onofrio e inserta una variable clave en la medida que una editorial es también un actor en el mercado y necesita diferenciarse: «En España existen unas 200 editoriales que están activamente traduciendo todos los best sellers, libros premiados, y aquellos con muy buena crítica. Entonces queda muy poco para publicar y no existe otra opción más que ir hacia lo desconocido u olvidado. Allí la exigencia aumenta porque no existe la repercusión internacional del libro, y en muchos casos tampoco se puede entrevistar a los autores ya que están muertos. Por lo tanto solo queda como argumento de venta la calidad del libro. La exigencia termina siendo enorme».

Como dice Hernán López Winne, cofundador de Godot, el riesgo siempre es el mismo: «No hay forma de saber si el libro va a vender bien o no. La lógica para asumir riesgos es siempre la misma: el libro nos gustó mucho y suponemos que puede vender bien. Después hay que lograr que eso suceda, y ahí está presente esa incertidumbre que solo se puede zanjar una vez que el libro fue publicado y llegó a las librerías».

Bien distinta es la experiencia de Chai Editora, un sello que se gestó con la idea de publicar y traducir narrativa contemporánea extranjera. Soledad Urquia, su fundadora junto a Santiago La Rosa, piensa que en el riesgo está la definición de su editorial, donde la apuesta va más allá del libro. «Eso genera un pacto con los lectores y lectoras, que no buscan el nombre un autor conocido o autora conocida o un libro sobre un tema resonante sino la curaduría», dice la editora.

Se teje así una «complicidad» y «confiamos en que eso vibrante que nosotrxs encontramos en los textos que decidimos publicar también resuena y es interesante para los lectores y lectoras. Priorizamos sobre todo la experiencia de lectura», dice Urquia sobre la propuesta de Chai de «incorporar nuevas voces a la escena literaria de Latinoamérica y España, con todos los riesgos y el trabajo de presentación que eso implica».

Fuente: Télam

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Ya no me gusta cuando callas

Se intentará en este trabajo reseñar un verdadero “Clásico”, ya que éste poemario es una referencia obligada para la poesía y la literatura latinoamericana, pero con ojos de este siglo. El origen de éste libro hay que buscarlo en un amor de estudiantes que se conocen un 18 de abril de 1921. Ese día Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto conoce a Albertina Rosa Azócar, su compañera del Instituto Pedagógico en Santiago, Chile. Ella será la musa inspiradora de muchos de los veintiún poemas cortos solamente enumerados, salvo el último, al que sí se le coloca un título, y que juntos componen la obra.

Aunque se sabe esto por posteriores testimonios del autor, en sus poemas no habla de Albertina, ni de ninguna mujer en particular, sino que nombra en primera persona a un arquetipo epocal de persona amada y lo hace desde el lugar del amante, en este caso del suyo propio, a partir de, como ya narramos, la elaboración de sus propias vivencias. Quien comenzará firmando como Neftalí Reyes, escribe ya estos poemas y los firma con el seudónimo de Pablo Neruda, con apenas 19 años de edad, y son publicados por primera vez en 1924 en Santiago, por la Editorial Nascimento.

Luisangela Abate Hung reseña 20 poemas de amor y una canción desesperada. Una referencia obligada para la poesía y la literatura latinoamericana, pero con ojos de este siglo.
Pablo Neruda

Realizada la publicación de “Crepusculario” el año anterior, es sin dudas “20 poemas de amor y una canción desesperada» el que le dará la notoriedad que irá aumentando con su obra hasta convertirse, junto a Fernando Pessoa, en los poetas más destacados e influyentes a nivel mundial del siglo XX, recibiendo un Doctorado Honoris Causa dado por la Universidad de Oxford y el Premio Nobel de Literatura en 1971.

En ésta exquisita combinación de poemas Neruda habla sobre el amor, claramente identificable como la temática principal. Pero éste se trata a la vez desde un abanico amplio de perspectivas relacionadas, como el erotismo, la sensualidad, el amor por la naturaleza, y también el amor ausente. Sobre todo éste último permite dar rienda suelta a sentimientos que pueden apuntarse como temas subsidiarios, tal como el recuerdo, la nostalgia, la melancolía y la tristeza. Basta citar el archiconocido: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. / Yo la quise, y a veces ella también me quiso.”

No para caer en el lugar común ya que creo que quizás no sea la mejor poesía de Neruda, ni siquiera de éste libro, sino con el fin de ejemplificar. En definitiva, múltiples emociones que recorren la obra como vertientes del desamor y que se irán entremezclando entre los versos hasta desembocar en el único poema titulado: «La canción desesperada». Aquí es donde el dolor se impone y se apodera de las palabras: “Todo te lo tragaste, como la lejanía. / Como el mar, como el tiempo. ¡Todo en ti fue naufragio!”. Hasta cerrar amargamente con un grito de desesperación y angustia ante el sentimiento de abandono: “Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos./ ¡Ah más allá de todo! ¡Ah más allá de todo!/ Es la hora de partir. ¡Oh abandonado!”

Más que la temática, fue quizás el estilo apasionado de escribir del poeta que “confesó haber vivido” lo más original que aportó en su época. Estando aún este libro influenciado por el modernismo, que en su posterior obra superará renovando totalmente su escritura, mostraba ya elementos originales y diferenciadores, como su su tono provocador que causó un gran impacto en su tiempo, tanto a favor como en contra. Sobre todo a partir
del asesinato de su amigo Federico García Lorca durante la Guerra Civil española en 1936 los temas sociales, políticos y económicos, van haciéndose más presentes en sus escritos.

Pablo Neruda muere en Chile el 23 de septiembre de 1973 a los 69 años, dos semanas después del golpe militar de Pinochet, dando por causa del deceso un cáncer. Sin embargo un estudio realizado recientemente por expertos sobre sus restos lo han descartado, lo que favorece las conjeturas siempre presentes de que podría haber sido asesinado.

Así como ya se refirió que para su momento histórico, las metáforas y comparaciones que utilizó Neruda fueron innovadoras y consideradas románticas, opino que quizás en estos tiempos actuales de profunda revisión del lugar de la mujer en el mundo, resulten menos eficientes en su intención seductora. En las referencias a la mujer como sólo un cuerpo que se entrega como objeto del deseo de una manera pasiva y hasta con una mirada reproductivista, donde el sujeto es exclusivamente el hombre, puede sentirse un cierto anacronismo con la visión actual de la mujer. Por ejemplo cuando la compara con la tierra en la que el hombre trabaja y cultiva: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega./ Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.”

Los lectores, las audiencias, y más tratándose de poesía, necesariamente completan la obra, no son fijas y de una vez y para siempre. Son audiencias históricas y por lo mismo cambiantes, de ahí que las nuevas sensibilidades quizás no encuentren tan atractivas algunas referencias que socialmente ya han perdido vigencia.

Finalmente debemos considerar a cada obra en el contexto cultural en que fue escrita o producida, con la certeza de que Pablo Neruda, con su omnipresencia mágica, más allá o más acá de los tiempos, siempre permanecerá, porque que nada igualara la potencia poética y el efectismo perenne expresado en su verso “quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos” por lo cual su lectura sigue revistiendo el carácter de necesariamente obligatoria.

Por Luisangela Abate Hung

Estudiante del profesorado de inglés.
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No esperemos más a Tito. Vamos a buscarlo…

“El fútbol es una mera puerta de entrada hacia otras cosas. Las otras cosas, las esenciales, que habitan en el alma de las personas y que son interpeladas por la literatura y por el arte”. Eduardo Sacheri

El fútbol… un deporte tan amado por multitudes, que despierta pasiones que una persona habituada a él podría denominar como impensadas o inimaginables. Un deporte que en primer lugar trascendió las fronteras del verde césped hacia las tribunas, para luego expandirse no sólo por los medios de comunicación, sino que también pasó a ser una musa inspiradora para los escritores.

Es que… cómo no convertirse en objeto de inspiración, si todos los “futboleros” podrían, casi con seguridad, asociar un momento de sus vidas con el fútbol, una anécdota, un amor… “El fútbol es casi de novela”, enuncia una frase alguna vez escuchada en un relato de Alejandro Apo, y que claramente podemos asociar con éste cuento de Eduardo Sacheri, publicado en el año 2000, y que se titula “Esperándolo a Tito” y forma parte del libro casi homónimo “Esperándolo a Tito… y otros cuentos de fútbol”.

Éste cuento fue publicado luego de realizarse una recopilación de relatos escritos con anterioridad por el autor, quién comenzó a escribir a mediados de los años 90s, y supo plasmar en papel los sentimientos que un “futbolero” tiene en el interior de su ser.

Esperándolo a Tito es un cuento que nos transporta a las raíces del fútbol argentino: “el potrero”, pero en este cuento no vamos a ser parte de cualquier potrero. Seremos parte de una rivalidad barrial forjada acérrimamente hace décadas.

El fútbol en los barrios es cosa seria, y en el barrio en el cual se desarrolla este cuento esto no es excepción. Décadas de derrotas ante el clásico rival, conllevan a un grupo de amigos a llamar a su salvador para que los ayude a salir de ese abismo de derrotas que pareciera no tener fin. “Tito”, el salvador, es el típico chico que destacaba por sobre todos los compañeros del barrio, y logró triunfar en el fútbol, pero ahora se encuentra ante lo que podríamos describir como el mayor de sus retos, salvar el honor del equipo y de sus amigos de la infancia.

Dentro del cuento además nos encontraremos con las vivencias de personas comunes y corrientes, que tuvieron la suerte de coincidir dentro de una cancha con un futbolista que luego triunfó en el deporte. Las desventuras y el contexto del barrio nos pondrán casi en la piel de alguno de los protagonistas, dado que es una historia que nos podría haber pasado a cualquiera de los que alguna vez tocamos una pelota N°5.

Para resumir ésta breve reseña, lo invito a leer éste clásico cuento que todo “futbolero” debería conocer. Déjese atrapar por una historia emocionante que pone en valor los vínculos humanos, y que nos mostrará las pasiones que el fútbol despierta. Un “crack” que vuelve a sus raíces para poner fin a una racha de derrotas que comenzó cuando dejó su club barrial para triunfar por el mundo. No esperemos más a Tito, vamos a buscarlo y a leerlo.

FICHA DE LIBRO

Libro: Esperándolo a Tito… y otros cuentos de fútbol
Cuento: “Esperándolo a Tito”
Año: 2000
Autor: Eduardo Sacheri
Editorial: Alfaguara
Cantidad de páginas del cuento: 22 páginas

Por Diego E. Scholz Diaz

Estudiante del profesorado de inglés.
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Castellarnau: «Me interesa el terror para procurar un nuevo contacto de lo literario con lo real»

(Por Eva Marabotto) Violencia de género, marginalidad, explotación infantil y prostitución son los temas que surcan las historias que integran “La oscuridad es un lugar”, libro de cuentos de la española Ariadna Castellarnau, quien desde el título mismo inscribe su búsqueda de la realidad que surge a partir de lo siniestro, pero narrada a través de una mirada que es, a la vez, infantil y precisa.

“Hace mucho tiempo que dejaron las rutas principales y viven en los márgenes. Hay días que Lucía tiene la sensación de que están muertos, solo que no lo saben”, dice en el cuento que le da nombre al libro editado por Destino, en el que una niña se ve obligada a vivir en un paraje lejano junto a una madre a la que no se quiere parecer y un padre violento. “La felicidad no era de fiar. La felicidad era siempre el preludio de un drama”, reflexiona el narrador, desde el punto de vista de la menor de la familia.

La muerte, la infelicidad, las almas muertas que transitan las rutas en el relato “Calipso”, la explotación a la que sus padres someten a Nilo en “Marina Fun”, a pesar de que su hermano solo lo ve como algo semejante a “la puta Sirenita de Copenhague”, desfilan por las páginas del libro y proponen al lector un viaje por lo más oscuro de las relaciones humanas.

Ariadna Castellarnau (Lleida, 1979) es licenciada en Filología Hispánica y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Entre los años 2009 y 2016 vivió en Buenos Aires, donde trabajó como periodista cultural. Su primera novela, «Quema», fue galardonada con el Premio Internacional Las Américas a la mejor novela hispanoamericana de 2015.

Sobre la reelaboración de los géneros de terror y ciencia ficción que hace en sus historias, con el objeto de lograr un mejor acercamiento a la realidad, conversó la autora con Télam. A continuación, los principales tramos de esa entrevista.

-Télam: Desde la Argentina es inevitable leer esta colección de cuentos y emparentarlos con Mariana Enriquez, una autora que cultiva el horror en un ámbito cotidiano y reconocible o con Samanta Schweblin en su “Distancia de rescate” o en “Kentukis”. ¿Encontrás alguna relación con esas autoras?

-Ariadna Castellarnau: Creo que en realidad todas somos escritoras que, de manera diferente, trabajamos con los géneros del fantástico y el terror.

Además de ser gran amiga de Mariana (Enriquez) yo soy su ferviente lectora así que seguramente hay cosas en común porque trabajamos géneros muy parecidos. Aunque tenemos proyectos artísticos muy diferentes. En el caso de ella es un acercamiento al terror puro con suma lucidez y elementos muy claros del género. Yo soy menos metódica, quizás un poco más caótica a la hora de jugar con esas referencias.

-T.: Pareciera que no tenés intenciones de quedarte en el género del terror sino que creas tu propio género en el que hay una gran dosis de humor…

-A.C.: Claro. Al contrario de este trabajo tan lúcido que hace Mariana Enriquez con el terror, incluso de resignificarlo y utilizar con mucha conciencia muchos elementos o jugar con ellos y rearmarlos, en mi caso el género me permite armar mi vínculo con lo real. Me refiero a utilizar estos géneros como el terror, lo fantástico o la ciencia ficción para procurar un nuevo contacto de lo literario con lo real y concretamente con lo que a mí me interesa trabajar que son las relaciones familiares.

-T.: A partir de estos géneros abordás realidades muy duras, como la violencia doméstica, prostitución infantil o el desamor, que alejan a las familias de tus cuentos del arquetipo que tenemos…

-A.C.: Mis historias exploran esas relaciones familiares que pueden parecer exageradas o disfuncionales, pero, a su manera, toda familia es disfuncional mirada de cerca. Todas las familias tienen su cuota de disfuncionalidad. Solo que algunos cuentos lo llevan al extremo. Pero son unos pocos, porque hay otras situaciones que narro que, si se las traduce a un contexto más cercano, se dan en muchas familias. Me refiero, por ejemplo a Marina Fun, en la que el protagonista es una especie de Tritón, de personaje monstruoso, pero en realidad la historia habla de las expectativas que los padres ponen en los hijos para satisfacer sus propias frustraciones, de padres que usan a sus hijos para realizarse. Es algo que se da, pero puse en el centro a un personaje que es una especie de Elvis Presley con cola de sirena y que para mí es parte de un juego.

-T.. A pesar del horror, muchas historias tienen una gran dosis de humor. ¿Concebís la literatura como un juego?

– A.C.: La literatura tiene esta parte lúdica de la que se habla muy poco, ¿no? Los escritores buscamos pasarla bien cuando escribimos. Yo no creo en esa imagen del artista atormentado que va por ahí desgarrándose. Aunque la escritura es un acto íntimo, necesita esa parte lúdica, esa parte de diversión. Por eso todos los elementos de esos géneros a mí me sirven para jugar.

-T.: ¿ Contribuye a esa concepción de la escritura como un juego que la mayoría de las historias estén contadas ya sea en primera o tercera persona pero desde la perspectiva de un niño?

-A.C.: Es curioso porque yo no creo mucho en la mirada inocente de los niños. A mí me parece que los niños, al contrario, tienen muchas veces una mirada muy justa y muy precisa sobre lo que está pasando. Nosotros lo llamamos “inocente” porque quizás la forma de expresarlo difiere de nuestra percepción con adultos. Pero no la definiría como inocente si entendemos eso como relativamente ignorante. Sí, es inocente en el sentido de que no está contaminada ni teñida de prejuicios o de la represión que los adultos tenemos a la hora de hablar y de definir ciertas cosas.

Como madre te diría que me sorprende la mirada precisa que tiene mi hija. Los niños tienen esa capacidad de penetración sobre lo real muy subestimada por los adultos. No tienen que ponerse las máscaras que nosotros usamos.

-T.: En tus cuentos la violencia y la corrupción parecen venir del mundo adulto, ¿crees que los niños no son capaces de generar violencia?

– A.C.: Es una pregunta compleja que requiere algunos conocimientos que no tengo. Sí te puedo decir como escritora que me parece que lo que hace el mundo de los niños es reproducir muchas de las conductas que nosotros tenemos como adultos y las formas de relacionarnos. Uno diría que lo que ve en las escuelas es un pequeño experimento social, que cada niño tiene un comportamiento que ya deja vislumbrar lo que va a hacer como adulto.

No sé si la corrupción viene del mundo adulto, de la simple idea de cultura y de civilización.

-T.: También las reglas llegan desde el mundo de los adultos para someter a los niños, y especialmente, a las niñas, como sucede en el primer cuento…

-A.C.. Sí Eso ha sido claro en la educación de las niñas. Cuántas cosas se han reprimido en función de convertirnos en adultas decentes. Está ese papá del primer cuento que los traslada a un lugar remoto y no los deja salir. Creo que queda claro que la perversión viene del mundo adulto y la infancia está a la intemperie. Incluso los niños enfermos o malos podrían ser simplemente así por la mirada del adulto.

-T.: ¿Qué sucede con el ambiente, con ese lugar oscuro que parece acompañar la acción, contribuir a lo tenebroso?

– A.C.. Yo suelo pensar los ambientes como si fuesen personajes. Para mí tienen la misma importancia que cualquier personaje que intervenga en la trama. El título invierte un verso de Dylan Thomas porque para mí la oscuridad en realidad es un lugar que puede ser la casa de la infancia, la escuela, el domicilio conyugal.

-T.: La oscuridad también es un lugar donde elegís posicionar tu narrativa.

-A.C.: Por ahora sí. Me interesa trabajar ese reverso del de las relaciones familiares, de lo que es la familia. En general la familia es el lugar de la trasmisión de valores y un individuo, para hacer su propio camino, tiene que abandonar esa familia de origen, apartarse del mandato, como hace la nena del primer cuento.

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Reseña | La primavera llegó en un carro tirado por caballos

Hay un giro contemporáneo en el mundo de la edición, donde varias editoriales amplían el terreno de los libros con ediciones y traducciones de autores poco frecuentes, menos conocidos. Hace días la editorial Llantén dedicada a la traducción y publicación de poesía, editó el poemario número 20 de su catálogo: ¡Que no me asfixie de hacer tanto silencio! de la alemana Inge Müller. Otra novedad es la novela de Cynan Jones La tejonera editada por Chai.

También el caracol es una de las editoriales que promueve además de autores argentinos, la literatura japonesa. La primavera llegó en un carro tirado por caballos escrito en la primer mitad del siglo XX llegó a nuestro idioma en 2019, bajo este sello. Riichi Yokomitsu fue un conocido escritor entre 1920 y 1949. La antología de cuentos incluye un estudio preliminar que nos introduce al japón de los años ‘20, su cultura y la novedosa estética que surge en una generación de escritores.

Tiempo, cuenta la fuga de doce actores en condiciones de supervivencia luego de ser abandonados por su director y quedarse sin dinero en una pensión. «Aun cuando lográramos escapar de la muerte, nada nos aseguraba que cuando nos tocara morir en el futuro, podríamos hacerlo con tanta calma como en ese momento.» Un relato narrado con intensidad, poniéndole acción y dramatismo en medidas exactas. Una pluma acelerada que se vuelve a repetir en Máquina, cuento en el que los empleados de una fábrica se atacan entre sí. La paranoia y desconfianza no respetan límite alguno. «Su hostilidad creció, y aunque yo creía que era un tonto, sospeché que, justamente por su estupidez, podía volverse peligroso. Que alguien te convierte por capricho en su enemigo es bastante divertido, porque uno puede burlarse mientras dure el enfrentamiento; tardé en darme cuenta de que ese placer me estaba jugando en contra.«

En el cuento titulado Tesoro en cambio, narra la preocupación de un tío por la vida de su sobrina y su enamoramiento hacia la bebé. En Mosca, – unos de mis relatos preferidos – cinco pasajeros desean abordar con premura por diferentes motivos, una carreta que los conduzca a la ciudad. Los hechos suceden como en una única escena barrial, moviéndose a modo de cámara por el aire para concluir en el desastre y la paz.
Por último, el cuento que lleva el título del libro es una película hermosa. Un hombre cuida a su esposa que espera la muerte, entre el amor y hartazgo, el sufrimiento y la enfermedad circula el cansancio, la locura, la entrega y una nueva estación incolora.

Riichi Yokomitsu se movió dentro de una corriente de escritores experimentales, frecuentemente motivados por el cine y por impregnar las páginas con lo visual, lo olfativo y lo auditivo. «La escuela de las nuevas sensaciones» influenciada según el escritor por las vanguardias europeos. Para Yokomitsu y parafraseando a Miguel Sardegna , «Nueva sensación» (shin kankaku) era un término destinado a lograr una comprensión inmediata de la realidad a través de los sentidos. Su objetivo era lograr una sensación no mediada, un estado donde la percepción y el lenguaje se unificaran para posibilitar el acceso a lo auténtico, sin perder la dimensión moderna e individual.

En la contratapa, Martín Felipe Castagnet dice: «Yokomitsu carece de misericordia, pero sus personajes están plenos de compasión; paranoia y generosidad van de la mano. La primavera llegó en un carro tirado por caballos es un libro conmovedor, casi epifánico, sobre los padecimientos ajenos y propios, muchas veces autoinflingidos. «Había decidido probar esos sufrimientos como la lengua prueba el azúcar, para mirarlos con la luz total de todos sus sentidos»».

Aunque el libro de Yokomitsu se constituya de relatos ajenos entre sí, construye sin embargo, una atmósfera que ronda lo hostil y lo agradable. Los saltos entre las historias, algunas más intensas, otras con aire de cortometraje. Los ritmos narrativos son dignos de una lectura voraz. Causando que las emociones nos envuelvan y necesitemos la siguiente historia.

Algunos señalan que la desaparición de este artista tuvo influencia de la crítica en inglés que no fue compasivo con él. Sin embargo en la actualidad se lo vuelve a rescatar, (parte del mérito es de También el caracol) de la mano de su reconocido amigo Yasunari Kawabata quien le dedico algunas frases como estas en el obituario:

Tus huesos también se quebraron con esta nación rota. ¿Cuánto lastimaron esta guerra, y la derrota, a tu mente y a tu cuerpo?

Fuiste como buen japonés, íntegro, simple y sincero. Miraste al frente, te anticipaste al futuro y creíste en él.

No sé que será de tu alma ahora que has muerto, pero tu literatura vivirá por siempre. Y me pregunto si mi obra logrará permanecer como la tuya, para siempre en el corazón de las personas.

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¡Cuidado! Estamos jugando…

En ese lugar, con todo ese griterío, donde parece que un alboroto lo hace inhabitable, precisamente ahí sucede en un fenómeno del todo inesperado: el juego de los niños, que está en todos lados.

El juego es la forma de aprender durante la etapa más importante de nuestro desarrollo, la niñez. ¿Pero podríamos decir que el juego es tomado como una cosa seria? ¿Qué se dice sobre el juego y la diversión en las escuelas?

El juego, entre varias cosas, supone variación de la forma en que se lo realiza, alternancias con descansos, el aburrimiento (germen del juego), aparición de conflictos (evaluación de soluciones), representaciones, juego de roles, risas, llantos, lo inesperado…

Si el juego es un importante medio para el aprendizaje ¿por qué los niños piden en las escuelas que los docentes los tratemos bien? «Que no nos diga cosas», «que tengas buena onda», «que nos dejes ir al baño». Una reflexión de este tipo también explica porqué para los niños la escuela pierde significado: «vengo porque me mandan» me responden todos los años cada año, la mayoría de los jóvenes.

Un joven, ya en secundaria, corpulento, decidió vivir solo para evitar los conflictos de su casa. Entra al aula tarde, pero la preceptora sabía que no iba a faltar: «viene seguro». Entra, se sienta, no responde mi saludo. Hay solo dos alumnos en un aula preparada para 12 con distancia social. Mira el celular, la «clase» transcurre indistintamente. Él está ahí, fin. «¿Vos sos X? ¿Me querés contar algo así nos conocemos? Me dijo la preceptora que laburás mucho». Trabaja a la mañana de pintor, va a la escuela, después trabaja en un taller y por la noche hace repartos. Eso para las autoridades escolares era muestra de «dedicación».

Para que los castillos de cristal se derriben a veces basta una pregunta: «Y qué ves en la escuela? Digo, hacés tantas cosas.. ¿qué encontrás en la escuela que te hace venir?». Lapidariamente me respondió «Porque quiero ser policía». El caso, que podría haber sido puesto como ejemplo en una nota televisiva, ahora era la prueba de la larga crisis educativa. Una paradoja para la escuela que, como los castillos medievales perdidos en las campiñas europeas, son hermosos pero nadie los habita.

¿Y por qué a pocos les gusta? Además de la injusta tarea para hacer en casa (que tiene los días contados), el temor que generan las lecciones (demostradas ineficaces) y la pérdida de tiempo de los exámenes (que no estimulan el aprendizaje) hay un ingrediente en la educación que la hace «amarga»: los planes, las secuencias, la elaboración intensa de la actividad escolar hace que las clases (y sus efímeros habitantes, los profesores) pasen levemente, insignificantes y que ser un «buen estudiante» sea una invitación a usar la astucia más que la inteligencia y, contrariando a la ciencia, enfocarse en los resultados (calificación) y no en los procesos (evaluación).

Lo que pueda suceder en la escuela es «esperado», «imaginado» por los estudiantes desde que toman su desayuno o el almuerzo en casa. Una rutina, incluso cuando entendemos por rutina un ritmo, un patrón de cómo lo que sucede varía. Si hay palabras que no pueden decirse, también en la escuela hay un repertorio de movimientos admitidos y otros que no. La escuela es sinónimo de «lo esperable» por ello algunas buscan regular todavía la vestimenta, como en el siglo XIX.

A la excesiva carga de reglas como no ir al baño en hora de clase, normas como quitarse el gorro en clase («te imaginás si todos estuviéramos con gorros en el aula» dijo la profesora), estándares, planes, previsiones… los profesores debemos comenzar a ganar lugar para una verdadera educación. Para descubrir el camino, tal vez, sea una buena consigna preguntar en nuestras aulas «¿qué puedo hacer yo para que la escuela sea un lugar donde quieras venir?». Lo que me recuerda al físico Illya Prigogine, autor de «Tan solo una ilusión»:

«Quizás el aspecto más inesperado es que, a todos los niveles de orden, aparece la coherencia del caos para condiciones de no equilibrio: un mundo en equilibrio sería caótico, el mundo de no equilibrio alcanza un grado de coherencia que, para mí al menos, es sorprendente».

Por David Chiecchio

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Juan Solá, la cachetada necesaria

Los textos de Juan Solá son como una cachetada, suelo decir al presentar alguno de sus relatos. Pero como la metáfora siempre va más allá, y aunque quizás no sea del todo correcto, en este caso voy a explicar eso de “cachetada”, por qué lo vuelvo a elegir si duele, por qué lo ofrezco y lo recomiendo: los textos de Juan Solá son la cachetada necesaria para las mentes y los corazones cerrados por la normatividad, o mejor dicho, por la hetero-normatividad. Son la puñalada que te hace doler el pecho, pero que gusta, porque lo abre para que salga todo lo viejo, lo podrido, lo feo; y entre eso que se viene, inminente, y que de ninguna manera nos va a hacer mal. Los puñales al corazón de Juan Solá están hechos de empatía.

Este joven escritor de apenas 31 años, saltó a la “fama” cuando ya era famoso. En este mundo hiper-mediatizado que de a poco va dando lugar a las nuevas maneras de comunicarnos, lo que los medios llaman “la gente” se enteró de quién era este escritor cuando ya tenía más de 130.000 seguidores en Facebook. La causa de su nueva fama no fue exactamente su escritura, sino la censura de su perfil, y esta sí, por su texto “Forra del orto” que ya había sido compartido, re-twitteado y enviado y recibido por diferentes plataformas cibernéticas muchísimas veces.

Fuerte e hiriente en el primer párrafo, esta forma de pensar de un hombre sobre “todo esto del feminismo” nos parte en dos en el segundo, cuando nos pide perdón. Una vez más la empatía de Solá retando a los hombres por ser machos y tratando de entender eso que viven las mujeres por ser así, mujeres.

Su prosa simple, pero fuerte, sensible y mal hablada (si es que existe una forma de hablar “bien”) se deja leer de un solo tirón pero te obliga a volver cada tanto por lo impactante de su decir. Y es impactante porque la ficción nunca pero nunca supera a la realidad, y mucho menos en el caso de Solá.

“Forra del orto” ayudó a abrir una puerta hacia su escritura, que visibiliza constantemente a los marginados de la sociedad, negros, pobres, jóvenes, putos y putas, niños, desempleados y algún que otro viejo (todo en su versión A, @, E, o como les guste más) y a veces, todo eso junto, son sus protagonistas. Muchos de estos textos nos los regala completos en su blog “Epica Urbana”, u otros tantos retazos de su arte los comparte a través de sus diferentes redes, mi preferida, instagram: @juansolaok.

En 2016 publicó una novela titulada La Chaco, que fue entrando a las aulas secundarias e incluso a algunos institutos terciarios a pesar de esas palabras que “están mal, pero no están tan mal”. En este libro están las historias ficcionalizadas de un grupito de mujeres travestis/transexuales, principalmente tres, una de ella es llamada Chaco o Chaquito, pero es Galaxia la que queda dando vueltas en las mentes de quienes terminan de leer. Es sabido que el mundo de las travas es difícil, pero acá se vuelve poesía y deja de ser estereotipo, nos da entrada a sus infancias, negadas, a sus mentes y amores, negados también. A sus vidas “ficticias con nombres ficticios” y nos deja con el alma y la hetero-normatividad rotas por la mitad.

Cuando hablamos de violencia de género, hablamos de violencia contra la mujer, por la condición de mujer. Las mujeres trans o travestis, son el colectivo más perjudicado por la violencia en todo el espectro LGTB+, y esto se debe a que eligieron o sienten ser mujeres, renunciando a la hombría que debería emanar de sus genitales. Esos genitales que a veces niegan, y a veces festejan. Es realmente difícil definir el término mujer hoy en día, si existe una sola forma de ser mujer o femenina o feminista, o todo junto. Es por eso que en la actualidad no es solo la mujer el sujeto del feminismo y se abre, con sororidad y empatía a otras identidades castigadas también por el patriarcado.

Todavía cuesta mucho pensar a las travestis femeninas como mujeres, porque la dicotomía hombre-mujer está arraigada en la sociedad, pero si de grupos excluidos se trata no debemos olvidarnos de ellas y de sus luchas, seamos como Solá, empecemos aunque sea a nombrarlas, a querer escucharlas, a darles voz y lugar, empaticemos con aquello que no entendemos, porque existen, existieron y existirán, empecemos a ver, y dejemos de mirar y nada más.

Por Melina Benvenuto

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¿Cultura para qué?

No es nuevo que la muerte y el sufrimiento sellan sin cerrar cada etapa de la historia. Ni qué hablar del periodo inaugurado por Cristobal Colón.

La muerte, el trabajo hasta extinguirse la vida, el quiebre de los núcleos familiares, los abusos de todo tipo, el trabajo forzado de niños a gran escala, la tortura física al servicio de… ¿de qué?

Con violencia y depredación, Europa «desarrolló» su economía. El resultado fue el empobrecimiento americano, que para explicarlo se inventó una supuesta «acción civilizatoria» de los europeos, algo así como que les hicieron un favor.

Esa es la explicación de porqué en las láminas escolares a los indios se los mostraba recibiendo extrañados a Colón: eran zonzos, pavos, fáciles de engañar. En todo caso les hicieron de protectores y les enseñaron. Eso fortaleció el mito, que los indios eran atrasados culturalmente. Y que fueron los europeos quienes lo hicieron todo.

«Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?»

La pregunta le pertenece a Eduardo Galeano, el hombre que le devolvió a América una autoconciencia, una memoria propia en el libro Las Venas Abiertas de América Latina.

Eduardo Galeano

Ese libro quitó a Europa su calidad de «sujeto que hace la historia» al devolverles la historia, una voz a aquellos muertos de cansancio, amasijados por la espada del conquistador por no saber hablar el español, muertos en el socavón de la mina de la plata o asfixiados por los gases del mercurio.

Hay otro libro, Los Vencidos de Nathan Wachtel. Recuperó la voz, la organización, la forma de vivir antes de la conquista y lo sucedido durante ella también. ¿Cómo vieron los indios a esos hombres rubios que venían montando animales que desconocían?

Nathan Wachtel

Pese a tener estas obras 40 años no pierden actualidad, principalmente en su objetivo de instalar el tema como una problemática cultural. Es decir, no solo como un problema que atañe a que conozcamos a aquellos sojuzgados por Europa, sino al problema político de la cultura: ¿cómo aprender de lo que es diferente?

El cosumo también es un problema culturalmente político. ¿Saben los niños que cuando los pintan de negro con un corcho quemado representa un esclavo? ¿Saben que esos hombres era soportaban los más increíbles tormentos? Yo digo que ningún niño se disfrazaría si conociera de qué se trata.

En los pocos lugares donde se admiten las opiniones estos problemas no se discuten por la misma razón extraña que considera una falta de respeto que los niños usen gorra mientras cantan el himno nacional.

Por eso es valioso descubrir un libro que aborda en otra perspectiva la discusión sobre la relación de las instituciones con la cultura y el arte. Se trata de A la Cárcel, del chileno Ricardo Elías, publicada en una preciosa edición por la editorial Alto Pogo.

Es una obra que gracias al humor lleva de las pestañas al lector por una serie de acontecimientos que no son insólitos, sino inesperados. En él, el sueño de la libertad termina por ser el de la cultura cuando cavando un túnel los presos encuentran un dinosaurio.

El hecho desencadena, como es esperable, un redimensionamiento de la cárcel. Y de pronto, lugares como la biblioteca, que nadie había pisado desde la inauguración, cobran sentido, tiene un para qué.

Ricardo Elías

Hay un fuerte simbolismo en la novela, que entre las risas cómplices arranca reflexiones que ponen en duda los propósitos expresos de las instituciones, pero también , y fundamentalmente, invitan a creer que si queremos recomponer, reconstruir, acercar, comprender el acceso a la cultura y a los bienes culturales es fundamental. Un extracto:

Esa misma tarde, alimentado por la curiosidad, Lalo acudió a la biblioteca, un salón gigantesco ubicado en uno de los pasillos del ala sur. Repleta de repisas y libros, la biblioteca de la cárcel había sido implementada gracias a un programa estatal sumamente publicitado. En sus anaqueles podían encontrarse libros clásicos y literatura contemporánea en ediciones de lujo, hasta rarezas como una versión del Quijote en jerga coa. La pulcritud de sus paredes, alfombra y sillones se debía, entre otras cosas a que nadie entraba. Ningún preso cruzaba la puerta de esa biblioteca ni por obra del equívoco. La única vez que hubo gente en su interior fue para su inauguración. Asistió hasta el presidente de la República. La más completa y moderna biblioteca carcelaria de Latinoamérica. Todos los medios cubrieron el evento. Esa la última vez que alguien puso un pie dentro. Alguien que no fuera Olmedo, el profesor de castellano del liceo de la cárcel, una salita ubicada al exterior del recinto penal, creada para educar a aquellos hijos de presos que no habían asistido nunca al colegio. De vez en cuando, Olmedo ingresaba a la biblioteca en busca de algún título para leer. Esa tarde, el profesor ya se disponía a apagar la luz cuando Lalo Cartagena entró.

-El baño está al final del pasillo -indicó Olmedo.

– Vengo a la biblioteca, profesor -respondió Lalo.

-¿A la biblioteca? -preguntó Olmedo extrañadísimo.

-Sí, y ya que está aquí, voy a pedirle que me ayude. Ando buscando un libro sobre huesos antiguos, huesos enterrados.

Olmedo lo miró detenidamente sin poder convencerse aun de lo que estaba oyendo:

-¿Te diste fuerte en la cabeza?

ELIAS, Ricardo. A la Cárcel. Alto Pogo, Buenos Aires, 2018, ps. 219.

Por David Chiecchio